1 noviembre 2017


Aunque Xavier Sala i Martín tiene algún día suelto sin tuitear sobre el procés, lo normal es que no pare de jalear y fantasear. Hasta que llegó la cruda realidad.

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Habría que pasarle este hilo a N. N. Taleb, por si hace un premio mundial al IYI del año. O del siglo. Clic para pillar la idea.

IYI

Pero el caso es que no, no seguim. Él no parece seguir. Los que hemos puesto arriba, un mundo en sí mismo para analizar, son los últimos tuits del IYI, hasta el momento, sobre el procés. No hay ni uno más, ni el día 29, el 30, el 31, o el 1. Nada sobre el procés desde el tuit de arriba, del día 28. Y en general no paraba. Sólo días sueltos, y nunca dos seguidos.

Lo ponemos en dibujito. La barras representan, en su fecha, los días que llevaba el IYI sin tuitear sobre la causa supremacista étnica. Hasta la hecatombe, lo normal era cero. Y las ausencias no pasaban de un día. Pero desde entonces no para de hacer pella. Y la cuenta de días seguidos sin tuits monotemáticos crece y crece.

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Podría dar pie a un juego. ¿Qué ocurrirá antes? ¿Puchi en la cárcel, o Sala i Martín tuiteando de nuevo sobre la gran causa del pueblo oprimido?

También hay otra variante posible. Vistas las noticias de cada día, tratar de acertar: ¡Hoy es el día en que Sala i Martín perderá la  vergüenza de hablar de la criatura! Ya tenéis entretenimiento ahora que la fuga Puchi está empezando a perder fuelle.

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Hay algo que no tiene duda. La pelmada catalana ha cambiado. Y necesitamos que Hispania Tremebunda (federicas y conspiracionistas) lo comprenda cuanto antes.

Una parte del cambio la expone perfectamente Arcadi Espada, nada sospechoso de kindergarten ni de bandiblue, en un artículo en El Mundo:

Parece una respuesta a la extendida crítica tremebunda sobre lo breve del 155 mariano.

Pero no parece posible que (el separatismo) se empeñe en una nueva maniobra ilegal que llevara de nuevo a reactivar el 155: durante mucho tiempo ese artículo será el subtexto inesquivable de cualquier usurpación separatista.

Digamos que el 155 ha pasado de ser una nube teórica que vivía en el cielo pero nadie sabía cómo era, a formar parte de lo muy posible y de la realidad. Franco está muerto, pese al empeño del kindergarten, y España puede usar las herramientas normales de la democracia sin mayores complejos.

Pero el cambio también ha ocurrido en el sentido contrario. La rebelión no es menos permanente que el 155. Que haya fallado no significa que no haya bajado igualmente de las nubes a la realidad. El plan, que estaba muy pensado, tuvo dos errors de cálculo. Sobreestimó la simpatía internacional por el pueblo oprimido. Y subestimó, tanto la resistencia botifler, como la capacidad del gobierno de aprender de sus errores y cambiar la estrategia. Pero el caso es que sabían que no tenían una mayoría social suficiente, y que dependían del efecto en terceros de su capacidad de crear conflicto. Decidieron tomar un atajo, y el atajo no funcionó. Un error, pero que no significa que el plan fuera irreal del todo.

Y su posibilidad sigue estando ahí, tan real como el 155. La hemos visto bien clara. Si echan más conflicto a la hoguera; derivan los deseos de cambio del kindergarten Colau hacia la secesión con “no nos dejan preguntar”; y consiguen desincetivar algo la resistencia botifler; sería verosímil que puedan alcanzar una mayoría social con una capacidad de chantaje insoportable.

Resumiendo. Los dos bandos han demostrado tener armas reales, y aplicables, bastante contundentes. Y los dos han aprendido definitivamente que parte de su arsenal teórico era fantasía. Los tanques de Alfonso Guerra y de Hispania Tremebunda, y el pueblo oprimido que despierta las lágrimas del mundo y trae la brigada Lincoln.

Y ahora llega Urkullu, el mediador “internacional”.

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Cita la Clarity Act canadiense, y da la impresión de conocerla. Y viene muy al caso. No en vano es el estudio más profundo que se haya hecho sobre los problemas de los “derechos a decidir”. La ley gira en torno del concepto “mayoría clara”, despreciando y obviando el de una simple mayoría. Y en el ejemplo de Cataluña vemos muy bien por qué lo hace. Podemos usar los datos del CEO de la Generalidad. Incluso olvidar los presumibles problemas de sesgo.

Nos muestra una evolución en dos años y medio de respuesta a la independencia (Sí / No).

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Tal vez se vea más claro si representamos la diferencia entre los que responden No y los que responden Sí. Hacia arriba del cero gana el NO; hacia abajo el Sí.

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La opinión cambia lo suficiente como para que el resultado de una mayoría simple vaya cambiando. Y ni al que asó la manteca se le ocurre aceptar la idea de ir haciendo consultas hasta que gane el Sí, y a partir de ahí dejar de hacerlas porque ya no nos interesa el “derecho a decidir”. Ese es un plan estructuralmente imbécil. O cafre. Y tampoco sería de recibo entrar en un proceso de secesiones y uniones cada poco tiempo. Como poco, no es práctico. De ahí la insistencia de la Clarity Act canadiense en una “mayoría clara”, que menciona nueve veces en un texto relativamente corto. Y la única vez que habla de “mayoría” sin unirlo a “clara” (una mayoría simple), es para rechazarla. Idea obvia: una mayoría suficiente, y una participación suficiente, como para asegurarse que los vaivenes inevitables no cambien el sentido de la respuesta.

Si se añade la necesidad de negociar una serie de elementos conflictivos tras un eventual resultado positivo a la secesión, sin que el resultado de la negociación esté predefinido; y la preservación de derechos democráticos elementales, como la defensa de las minorías; tienes un plan que por lo menos es no-cafre. Tienes la posibilidad real de una secesión, pero impidiendo la secesión producto de una “ventolera” y con ocultación de las consecuencias — que nunca son triviales.  Minimizando los roces, y formalizando la resolucion de los innumerables conflictos que hay tras las secesiones.

Siempre se puede alegar que aceptar el derecho de secesión es una locura, y muy especialmente el derecho de secesión “étnica”. Pero si tienes una sociedad con una mayoría clara empeñada en una secesión, y suficientemente trastornada como para estar dispuesta a joder la marrana con tal de conseguirla, tiene bastante sentido plantearse si merece la pena tratar de evitarlo y dejar con ello que jodan la marrana.

Si Urkullu ha adoptado la estrategia “vascos sensatos” como intermedio entre “catalanes cabra locas” y “españoles inmovilistas” (¿quién hubiera imaginado eso hace unos años?), tal vez mereciera la pena escuchar y hablar, que no es pecado, en lugar de ponderse demasiado estupendos. O tremebundos. Dialogar tampoco presupone el resultado del diálogo. La alternativa es creer que con el 155 hemos resuelto el problema, y que no va a tener un coste formidable. Se puede creer, pero muy verosímil no parece. Ya tiene un buen coste sólo con lo que hemos jugado hasta ahora. Y los cabra locas llevan una estrategia muy explícita de ir aumentando la tensión y la conflictividad hasta convertirlo en un problema insoportable.

¿Qué prefieres apostar? Esa es la cuestión.

Fuentes

Centre d’Estudis d’Opinió

Arcadi Espada en El Mundo:

El Correo:

Clarity Act (traducida al español):

Open Democracy (Alina Mungiu-Pippidi):