Por 1793

El nacional populismo campa a sus anchas por Cataluña. Los secesionistas ya tienen
lo que buscaban con constancia digna de mucha mejor causa: toletazos, cargas, chillidos, incidentes, revuelo, alguna abuelita ensangrentada, niños despavoridos y unos siniestros y oscuros policías enviados por el gobierno opresor con el designio de destruir las ansias de libertad de ese noble pueblo escarnecido que se llama Cataluña, toda Cataluña y nada más que Cataluña. Y es que el nacionalismo es una épica cutre (banderas en los chinos) intensamente maniquea y apocalíptica. El 1 de octubre es en el relato separata el inicio de la liberación nacional catalana, del camino al paraíso, de la Batalla de Armaggedon: San Jorge contra el dragón. Cataluña contra España. Blanco contra negro. Libertad contra sumisión. Bien contra Mal. A este relato dualista y potencialmente violento contribuye la genial izquierda española que lo compra barato con el propósito de añadir un poco más de mierda contra el gobierno del PP. Porque la izquierda española es también intensamente irracional y maniquea. Su proyecto político es básicamente negativo, antiderecha, y con tal de atacar a la derecha hacen lo que sea: aliarse con los separatas o justificarles con la monserga de “peor es la derecha” o “no nos gusta la represión.” Izquierdistas y separatas tienen proyectos diferentes (el de los separatas la independencia; el de la izquierda la no derecha sin más), pero un enemigo común: el mal, la “derecha.” Se trata de una verdadera teología política inasequible al razonamiento. La rebelión de este domingo es expresión de esta teología política maniquea y populista.

Lo de hoy no es referéndum porque está suspendido por el TC. Es sencillamente una rebelión popular alentada por una previa rebelión institucional de los gobernantes de una Comunidad Autónoma contra el Estado del que forman parte; se trata de un autogolpe de Estado. Dice Santos Juliá: “Ruptura con la democracia desde instituciones del Estado previamente ocupadas por partidos populistas.” Sin duda, es una forma muy curiosa de rebelión populista postmoderna armada de un relato que es una auténtica postverdad; o sea una gran mentira: España no es una democracia, la derecha no es democrática, ergo cualquiera que se oponga a España y a la derecha es democrático. Razonamiento circular que conduce a la perpetua autojustificación. Así, los vergonzosos incidentes de Cataluña se convierten en una épica legítima de un pueblo pacífico (sic) que se defiende contra el mal desencadenado por Madrid, rompeolas de todos los infiernos. Y la izquierda con sus denuncias podemitas o con las ambigüedades del PSOE/PSC contribuye a hacer digerible un discurso disparatado acompañado de una insufrible violencia provocadora y de una demonización permanente del adversario. Claro: todo se solucionará cuando el maligno, Rajoy, y su hueste demoníaca, el PP, desaparezcan del gobierno. La política travestida de teología se convierte en exorcismo. Además, los responsables no son quienes desencadenan el problema sino quienes con mayor o menor fortuna lo intentan afrontar desde la democracia, que es la ley. Ni Orwell fue tan lejos en su Ministerio de la Verdad: la mentira entronizada como verdad; el culpable, inocente; el inocente, culpable. Euskadi marcó una pauta que ahora sigue Cataluña. El guión es el mismo. Los actores, parecidos. El resultado….

¿Y mañana, qué? Pues mañana todos seguirán diciendo lo mismo, si durante estas horas no hay algún incidente tan grave que lo desborde todo: épica victimista-sacrificial los secesionistas; denuncia desaforada del “autoritarismo” por parte de los podemitas; silencio con reproches al gobierno por parte del PSOE; justificación del empleo proporcional de la violencia policial por parte de PP-Ciudadanos. Todo volverá a la casilla de salida y vuelta a empezar. Eterno retorno. ¿Se puede salir de este círculo vicioso? Es posible, pero llevará años, y siempre que se cuente con un apoyo mayoritario de la sociedad española: imposible en Cataluña y Euskadi; posible, creo, en los demás territorios. Se debería empezar por perder el miedo al discurso barato de los secesionistas y compañía: aplicar la ley es reprimir y reprimir es cosa de fascistas como ustedes. Pues no, defender la ley no es fascista; lo fascista es ir contra la democracia; por tanto: cárcel, multa e inhabilitaciones contra los responsables del desaguisado catalán. Sin complejos de ninguna clase. Por ejemplo, cualquier gobierno ante la inacción de los Mossos hubiera intervenido primero y disuelto después este cuerpo policial (?) que no cumple las órdenes de los tribunales. ¿Se hará así? Es relativamente posible; pero en absoluto seguro: seguramente habrá compadreo. Sim embargo, si el gobierno del PP opta por la dureza a la larga será lo más inteligente que pueda hacer. Orden constitucional, ley y que los ultrajes no queden sin respuesta. Es lo que se haría en cualquier país democrático que no fuera España. ¿Hay base social para dar un timonazo al Estado? Yo creo que sí. ¿Hay una clase política dispuesta a ello? Me temo que no. Suspiremos.

Queda la opinión de la gente que no sale en la foto, tanto en Cataluña como fuera de Cataluña. De la gran mayoría anónima que no hace la historia pero le toca padecerla. Por lo que percibo hay un hartazgo y un cansancio monumentales ante este estado de cosas. Quizá me equivoque, pero vivo en una zona muy de izquierdas y amigos, familiares, conocidos etc de esta tendencia ideológica se manifiestan hasta los cataplines de podemitas, separatas y catalanistos en general. Quieren ver un puñetazo encima de la mesa, temblar a unos cuantos y un gobierno que se deja de monsergas y afronta el problema como lo está haciendo hoy: por las bravas y sin arrugarse. La represión no lo es todo, pero sin orden no hay nada que hacer, ni siquiera negociar, porque en ese caso no sería negociar sino aceptar el chantaje. Hay base social suficiente que legitimaría cambiar de rumbo; las elecciones se pueden adelantar si procede; en unos meses, el panorama político cambiaría si se toman decisiones prácticas, rápidas e inteligentes; el gobierno tiene más apoyo entre la gente que calla siempre del que se cree; ahora, hay que convertir ese apoyo social silencioso en revolcón electoral y en una legitimidad democrática que permita el cambio. El cambio de verdad. ¿Será posible? No es imposible; Quizá hasta Mariano naniano lo empiece a entender.