El último acto de la lavandería de carniceros etarras ha despertado la vieja discusión sobre las derrotas  y las victorias. Ya se sabe que en España somos muy tremendos; poco sutiles. O todo o nada.

Por una parte tenemos a Arcadi Espada, que no suele ser no-sutil. Y no ha defraudado:

La entrega de las armas ha supuesto un fracaso democrático. Tras décadas de luchar contra los intentos de que una banda de asesinos pasara por ser un ejército, de pronto una parte de los demócratas, repartida entre políticos y periodistas, accede a dar ese trato a la banda en su hora terminal.

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Quedan los 300 mil vascos que creen que ETA fue un ejército, cuya lucha tuvo causas, que es la manera sombría y eufemísticamente delincuente con que se dice causas justas, y que consideran que sus gudaris (uf: qué haría la escritura sin la cursiva profiláctica) se sacrificaron y que no fue en vano.

Santiago González replica:

Txema Montero, un conocedor, afirmó en una entrevista en Deia en 2012: “ETA ha sido derrotada por la Guardia Civil”. Es justo que así sea: con el terrorismo termina la Guardia Civil, no la Real Academia.

Curioso. González parece pensar que el objetivo de ETA era el terrorismo; que acabado el terrorismo se acaba su objetivo; y que el terrorismo ha desaparecido del universo mental de los separatas vascos. Pero esto es algo que ya explicó bien Von Clausewitz [–>], y que en principio se da por aprendido desde entonces.

Pero incluso aunque se hagan estas dos cosas (la derrota del ejército enemigo y la conquista del territorio) la guerra, esto es,  el sentimiento de hostilidad y acción de los agentes hostiles, no pueden considerarse finalizados mientras la voluntad del enemigo no sea también eliminada.

Espada lo pone en su sitio al hablar del fracaso democrático. Porque, sea cual sea el objetivo imaginario que tuvieran los carniceros en la cabeza, el objetivo del demócrata es desterrar el asesinato como forma de hacer política. Y la lavandería de carniceros supone justamente lo contrario. Al darle forma de ejército derrotado que luchaba en nombre de un pueblo que se siente oprimido, lo que haces es establecer que -esta vez- ese ejército no ha ganado. Pero lo que NO has hecho es establecer la inmoralidad básica de su acción. Te has limitado a retrasar en el tiempo ese tipo de solución. Y tienes, como señala Espada, a 300.000 tipos muy orgullosos de los asesinatos; y a un porcentaje realmente acojonante de la población española no demasiado alejada de esa idea.

Yo también le llamaría a eso un fracaso democrático.

También se puede intentar mirar, no en términos de forma política (el asunto del demócrata), sino desde el objetivo que Santiago González imagina a los carniceros. Digamos, para ser serios, que el objetivo que les imagina es la separación, y no el terrorismo como fin en sí mismo.  Y es bastante difícil pensar que ahora estén más lejos de ese objetivo que cuando empezaron. Y todavía más difícil soñar que los asesinatos de inocentes no tengan nada que ver con esa mejoría de su posición.

¡Hay que joderse con las victorias!

Añadido, algunas horas después. Otegui con Carlin [en El País –>]:

Es más, si uno quiere garantizar la repetición de determinados escenarios lo que tiene que hacer es humillar a la gente.

Los asesinatos no dependen de ser asesinos, sino de los sentimientos que sea que nos despierten los demás. No parece que la filosofía asesina haya salido muy derrotada. Que debiera ser, como dice Arcadi Espada, la victoria del demócrata. Ausente a más no poder.