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Con gran fanfarria y no poca satisfacción Trump ha firmado la orden ejecutiva para acabar -de momento, en lo posible- con la política del clima de Obama.

– Instruye a la Agencia de Medio Ambiente (EPA) a revisar y eventualmente desmantelar la ley Clean Power Plan. Lo de clean era una payasada, claro, porque le ley se refría exclusivamente al CO2 – que no puede ser más limpio, el pobre. Su fin era combatir el cambio climático acojonante por el procedimiento de limitar las emisiones de CO2 que pueden producir las centrales de energía eléctrica. También establecía objetivos a los estados para reducir sus emisiones. Y era la pieza principal de la política del clima de Obama.

– Rescinde la moratoria a los permisos de minería de carbón en tierras federales.

– Elimina la guía de la era Obama, por la que las agencias federales tenían que tener en cuenta el cambio climático en sus políticas de medio ambiente.

– Desbanda el grupo de trabajo federal que se inventó el coste social del carbono, usado para crear las regulaciones que establecían el CO2 como “contaminante”. Esto no elimina la pamema del coste social, pero apunta a que lo revisarán, y no precisamente con los mismos campeones. Traerá cola, y habrá juicios mil.

EL kindergarten está absolutamente atacado, a pesar de que sabían de memoria lo que venía. Pero es que el cuento del clima no tiene nada que ver con el clima; no hacen nada que pudiera servir de verdad para el problema imaginario que plantean. Con lo que tiene que ver es con el truco político posmoderno, con el que se acaba con el debate político — y gana Big State.

Intenta recordar la política clásica en las democracias occidentales. Siempre había dos partidos principales, uno llamado de derecha y el otro de izquierda, que se alternaban, y alternaban las políticas al albur de las decisiones del electorado. En una banda hacían más hincapié en la libertad y la competencia; y en la otra en lo social y la igualdad. Y funcionaba. Entre otras cosas porque asumían que iba a ocurrir el cambio de grupo en el gobierno, y mal que bien llegaban a una solución intermedia en aquellos asuntos en los que es una locura andar dando bandazos cada dos por tres. Y en lo demás, en unos momentos había un poco de aquí, hasta que el electorado decía que ya era hora de volver a  lo de allí. Muy razonable.

Pero el kindergarten ha jodido el invento. Ha descubierto dos trucos — pero que se mezclan mucho. Ciencia y moral. Si haces que lo sumamente discutible (la política, al fin) se convierta en “la ciencia dice”, y/o se convierta en moral, has acabado con la discusión. Bueno, ciencia y discusión siempre habían ido de la mano en el mundo clásico, pero en el mundo posmoderno “la ciencia dice” es algo tan indiscutible como es la moral siempre. Aunque “la ciencia” diga chorradas delante nuestro todo el rato, y esté bien demostrado que son chorradas porque lo de hoy es exactamente lo contrario de lo de hace relativamente poco tiempo.

Parece indiscutible que les estaba funcionando de cojones. Y el banderín de enganche era el cuento del clima. La guinda del pastel; el truco en todo su esplendor.

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Por eso creo que es clave esta orden ejecutiva de Trump. Y la pelea posterior que va a haber, que va a ser de órdago. Porque el kindergarten se lo juega todo en este envite. Vaya, que se está jugando nada menos que el truco. Si no funciona de esta, se acabó el chiste. Así que tendremos una buena guerra, y la firma de Trump es sólo el fin oficial del truco, no el fin real.

En realidad el truco es una puta locura. Si no funciona, y todos estos Brexits, Trumps y Le Pens parecen indicar que no lo hace, lo que asegura son los terribles bandazos que antes se evitaban con simple sentido común. Si lo quieres todo, obligas a los bandazos. Rajoy aparte; pero la plebe no parece ir por ahí. O por lo menos en el resto del mundo.

El texto completo de la orden (aún no he tenido tiempo de leerlo):