El pollo de Berkeley. Desde la administración de la universidad aseguran que estaban haciendo todo lo posible para facilitar el ejercicio pacífico de los derechos de la Primera Enmienda (libertad de culto y expresión). Pero, aun olvidando la violencia, que la universidad podía no saber que iba a ocurrir, no parece ser el mismo tipo de libertad la que pretendían ejercer Milos Yannopoulos y sus oyentes, y la de la alegre muchachada que quería que estos se enteraran de su opinión de que son unos nazis de mierda — o sea, los máximos inmorales.

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No; no es lo mismo poder decir lo que quieras a quien quiera escucharte, que poder decir lo que quieras a quien NO quiere escucharte. ¿Bajo qué retorcido concepto la libertad de expresión incluye la obligación de audición? Se puede comparar con el derecho que siempre va en el mismo pack; la libertad de culto. Que es la libertad de hacer oraciones y ritos en común, en un sitio; pero no incluye cualquier sitio, dando por saco a quien se te ocurra.

Se pueden entender muy bien algunos motivos históricos por los que aceptamos con naturalidad el “escrache” como derecho. Las dos situaciones clásicas son el “escrache” en la fabrica, y en la sede de un organismo gubernamental. Pero son dos casos muy especiales, en los que hay una diferencia de poder enorme (y el derecho de “escrache” es del que no tiene el poder); y un conflicto objetivo, material, donde es totalmente razonable que las partes tienen la obligación de escucharse. El patrono de la mina del siglo XVIII, y su gobierno de turno, muy bien podían -y solían- ni enterarse de los problemas de sus puteados. Y el “escrache” era una salida en contra de un abuso.

Pero pensar de forma distinta de la que quieres que se piense no es ningún abuso. Y entre una masa de 1.500 vándalos y otra de 150 escuchatanes, el poder está del lado de los “escrachadores”. O sea, en el caso de Berkeley ni existe la disculpa del desequilibrio de poder en contra; ni la del conflicto material, objetivo, que crearía la obligación de escuchar. Y además, en un sistema democrático, que precisamente está diseñado para que todas las voces sean escuchadas, todavía es más impresentable el escrache. Ni la fábrica ni el gobierno son como los del XVIII. Y se enteran, quieran o no quieran, de los problemas de aquellos a los que están jodiendo. No hacen falta vandalismos.

El único sentido del vandalismo en una democracia es forzar la decisión por un procedimiento que no está dentro del sistema. Vaya, que es la antítesis del sistema parlamentario. Y sí, la manifestación puede ir dentro del derecho de expresión. La expresión visual de que somos muchos, muy llorones, muy floridos; lo que sea. Lo mismo que otros salen en Semana Santa por las calles. Pero las procesiones se organizan de forma que no coincidan dos en el mismo sitio.

Con una operación tan sencilla como decidir que la libertad de expresión no incluye la obligación de audición, y que dar por saco no es ningún derecho (ni aunque se trate del kindergarten), no habría el menor problema para que en las universidades puedan expresarse todas las opinones legales. Incluyendo a Rosa Díez en la Complutense, aunque Pablito no quiera. O a Milos Yannopoulos en Berkeley. Basta poner a los vándalos a un kilómetro, o bien antes o después. Podrían elegir.

Esto sí sería defender de verdad la libertad de expresión. Pero pasa por prohibir la obligación de audición. No es problema: prohibir obligaciones es siempre más libertad.

¿Algún Marod para dar caña en contra? 😉

Fuente.

Washington Post: