Ironiza el campeón diciendo que vivimos en el mundo que soñaron Mandela y Luther King, en el que las razas están mezcladas y nadie las tiene en cuenta. ¡Increíble!

¿Increíble? Sí, increíble.

– Todos mis amigos negros tienen un montón de amigos blancos.

– Todos mis amigos blancos tienen … ¡sólo un amigo negro!

Grandes aplausos, y todos quedamos convencidos de que los blancos son unos racistas de cojones. ¡Qué malos son los blancos! Y los blancos kindergarten son los primeros convencidos.

La idea viene de esta estadística, y no podía ser más idiota.

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Estupendo. El mundo debería ser como el sueño de Mandela, y no es así por culpa de los blancos, que apenas tienen amigos negros. ¿Seguro? Imaginamos como sería el mundo Mandela para los blancos … ¡y también para los negros!

En USA hay un 72,% de blancos y un 12,% de negros. En el mundo Mandela un blanco tendría sólo un 72% de amigos blancos, y un 12% de amigos negros. Y sólo tiene uno negro. Pero es que en el mundo Mandela un negro tendría también el 72% de amigos blancos, y el 12% de negros. Pero sólo tiene ocho amigos blancos en lugar de 72. ¡Es la misma proporción aproximada! Habría que ponerle decimales a los amigos, que no tiene la estadística, para ver si hay algún mínimo sesgo hacia algún lado.

Lo cuenta el Washington Post con gran escándalo. ¡Que racistas son los blancos!

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En realidad estas cifras sí pueden salir porque los blancos sean racistas. Pero exactamente igual podrían salir porque los negros fueran racistas. Contemplar sólo una de las posibilidades es un acto de un racismo acojonante. Es dar por supuesto que sólo los blancos pueden ser racistas, porque sólo los blancos pueden imaginar ser una raza superior. O sea, que no cabe en la cabeza (del racista kindergarten) que el negro se pueda sentir superior y apartarse por ello del blanco. ¿Cabe mayor racismo que ese?

También hay algo que prácticamente se puede garantizar. Pasarse todo el día hablando de razas, y haciendo estadísticas de razas, y políticas de razas e identidades, va a conducir a una sensibilidad racial desmadrada. La manera de evitar el racismo es que la gente no “vea” las razas, o que sea lo menos posible. Pero no hay forma de no ver las razas si el kindergarten se pasa todo el tiempo hablando de razas, y no te puedes tomar ni el café del desayuno sin tropezarte con ellas en el periódico.

Y el caso es que hay un campo experimental perfecto para ver la diferencia que hace, no las razas, sino la mentalidad. Las islas del Caribe. El “ambiente” respecto de las razas es muy distinto en ellas, y hay dos grupos claramente delimitados. En las islas que fueron colonizadas por ingleses u holandeses, la raza es algo que se siente y está presente todo el rato. Recuerdo un amigo negro de St. Thomas (U.S.V.I) que me contaba que lo primero que hacían todos ellos al interactuar con un blanco era decidir si era racista o no. Que tenían una sensibilidad especial, como un radar que lo detectaba rápido. Y es verdad; esa era la impresión que sacabas. Como una sobredosis de ondas de radar detectando racismo por todas partes. Una tensión que eliminaba toda posibilidad de naturalidad, y desde luego de toda simpatía.

Nada de eso existe en las islas que fueron colonizadas por españoles o franceses. Sí, hay razas y hay colores, pero no tienes la sensación de que le importe a nadie. Los negros no van de víctimas vigilantes, ni los blancos van acojonados de que les vayan a tomar por racistas. No sé si los negros tienen más amigos negros y los blancos más amigos blancos, pero la impresión es que nadie se dedica a medirlo ni a preocuparse por ello. Y en cuanto no lo miras, desaparece. Pero si le pones una lupa, ya no puedes ver otra cosa.

El anti-racismo es una forma de racismo. Necesita destacar la raza, y vive de ello. Impide que las razas se dejen de notar con la naturalidad de la costumbre.