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El periodista Juan Claudio de Ramón le tiene “mania” (asco, lo que sea) al payaso Donald Trump. (Clic [–>] para el artículo). Yo también. Cint Eastwood ha defendido a Trump, alegando que la gente está harta de lo políticamente correcto, y de tanto lameculos. Y que los jóvenes son “una generación de nenazas”.

Pero [Trump] ha visto algo, porque todo el mundo se está cansando secretamente de la correccion política, los lameculos. Estamos en una generación de lameculos. Esta es la generación de las nenazas. Todo el mundo se la coge con papel de fumar. Vemos a gente acusando a otros de racismo y todo tipo de cosas. Cuando yo crecí no se llamaba racismo a esas cosas. [–>]

De Ramón, en una clásica operación de “pensamiento inverso” (si Trump es un error, toda defensa de Trump tiene que ser un error), se fabrica un monstruo cognitivo para conseguir su propóstito. El pensamiento “políticamente correcto” es la defensa de minorías penalizadas, o que se pueden presumir penalizadas. Y el intentar no herirles en sus sentimientos. Esto molesta a las mayorías no penalizadas (el macho blanco, vaya), que aprovechan a Trump para -literalmente- desahogar su deseo reprimido. Pero los progres a veces tienen razón. Es más razonable pecar de políticamente correctos, o de buenismo, que de su contrario, que sería el “malismo”.

El pensamiento inverso siempre tiene problemas. Y este caso no es una excepción; en concreto tiene tres problemas. Gordos. Muy gordos.

1. Juan Claudio no tiene ningún indicio de que Clint esté reprimido por no poder patear culos negros, como quisiera. O los votantes de Trump.

2. El “pensamiento políticamente correcto” no es, ni de lejos, lo que dice el periodista. Ese es uno de sus aspectos. Pero no hay ninguna minoría penalizada porque eventualmente desaparezca una lengua, y esa es una orden tajante y muy importante del “pensamiento políticamente correcto”. Tampoco hay ninguna minoría implicada en el cuento del Calentamiento Global Acojonante, y también es “pensamiento políticamente correcto” en su máxima expresión. Y se pueden poner una multitud de ejemplos.

Si uno extrae el mínimo común denominador de los ejemplos, va a encontrar un esquema. Una función. Todos implican un problema, imaginario las más de las veces, que sólo el gobierno puede arreglar. Y no de cualquier manera, sino de la manera favorita del gobierno (y del progretariado): extrayendo más dinero, y anulando más libertades. Y el dinero nuevo extraído, so capa de ser repartido, lo hace de una manera tan confusa e incontrolable que siempre acaba más concentrando en lugar de más distribuido.

Otra característica común es que tratándose en todos los caso de bienes “morales”, no se pueden criticar, y es de muy mal gusto pedir cuentas. El sueño húmedo de todo chorizo.

3. Llamarle “buenismo” a una imbecilidad que se quiere hacer pasar por buena, no siéndolo, no hace que su crítica sea “malismo”. Lo que hace es que su crítica sea racionalidad, o sensatez, o como se le quiera llamar. Pero al estar “moralizada” la imbecilidad, hace que De Ramón se trague la pamema de la maldad de criticar lo imbécil.

Del punto (2) sacamos la explicación de la generación de nenazas. Si los gobiernos están a la búsqueda desesperada de colectivos de víctimas -preferentemente imaginaras (*)- para llegar a sus propósitos (dinero, poder) con la disculpa de su defensa, es completamente natural que las generaciones nuevas se conviertan en colectivos de llorones en espera de ser defendidos. Porque si impera el principio de que el que no llora no mama, lo que conviene es llorar.

Nota (*): Lo de (colectivos de víctimas) preferentemente imaginarias no parece obvio a primera vista, pero lo es. Las víctimas reales, como los problemas reales, suelen ser medibles; esto es, se sabe cuándo se han solucionado. Los imaginarios, por serlo, es muy fácil que no se puedan arreglar; y tenemos invento para siempre. El mejor ejemplo, las drogas. Las lenguas tampoco son ninguna tontería; ¿quién es el guapo que puede asegurar que no queda algún niño en Cataluña que sigue soñando en castellano por la noche? Lo mismo vale para los sueños de los terroristas machistas, de los que seguro que se pueden sentir (o imaginar) miradas peligrosas con toda facilidad. ¿Y los negros? ¡Ah, los negros!

Digámoslo así, querido Clint: a veces los progres tienen razón.

Digámoslo así, querido Juan Claudio. Clint no es un intelectual; se explica de aquella manera. Tú, se supone que sí lo eres. Y te han colado el mejor cuento de poder jamás inventado.

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