Lo que no se entiende muy bien es qué tipo de generación esperaban tener. Pero esto es lo que hay; nenas … y además histéricas. En USA le llaman “Snowflake Generation“, que quiere decir lo mismo; nenazas. Y este puede que sea uno de los ejemplos más espectaculares.

 

El tío que flipa, pero con calma, es el profesor Nicholas Christakis [–>], físico y sociólogo en Yale. Por poner una nota de contexto, la revista Times le puso en su lista de 100 personajes más influyentes de 2009. Del mundo. En el momento de vídeo (octubre 2015), Christakis acumulaba dos circunstancias muy desafortunadas. Era “master” del “Silliman College” (el mayor de Yale), y estaba casado con su mujer, Erika.

Erika Christakis, profesora especializada en la educación de la primera infancia, y por tanto muy adecuada para mejorar la educación de las nenas, acababa de criticar un comunicado de un comité de Yale en el que se sugerían normas en el uso de disfraces de Halloween. En este caso era el Comité de Asuntos Interculturales, tócate las narices. Básicamente decía que los estudiantes no se disfrazaran de una forma que otros pudieran considerar ofensiva; poniendo una serie de ejemplos de disfraces presumiblemente inadecuados. Por ejemplo es ofensivo disfrazarse de indio, pero no es ofensivo disfrazarse de vaquero.

Y la crítica de Christakis iba por el lado de contemplar la posibilidad de que un poco trasgresión forme parte de la educación elemental de cualquier humano que aspire a adulto. Así como acostumbrarse a ser ofendido. Tal vez -apuntaba Erika- sea mejor que los propios estudiantes prueben y decidan dónde están los límites, sin que tenga que venir la autoridad a señalárselos. Teniendo en cuenta, además, que las fiestas siempre tienen un sentido de ampliar los límites de lo que en circunstancias normales se considera transgredir.

Resultado. Gran revolución de las nenazas por todo Yale; por la crítica de Erika Christakis a la autoridad, y por el apoyo mostrado por Nicholas a su mujer. A resultas de la cual Erika abandonó la educación, y Nicholas se ha tomado un semestre sabático de acuerdo con la Universidad. Por otra parte nadie parece destacar la aberración de que una puta niña de 18 años le grite -¡tú te callas!- a un profesor, y encima de ese calibre; y se permita largarle un chorreo de kindergarten en modo histérico. Sin que le expulsen de la universidad ni nada. Vaya, sin que nadie siquiera plantee la posibilidad de una recriminación.

El vídeo no tiene una audición muy buena. Hay una transcripción aquí [–>]. Resumo / destaco el argumento de la histérica, todo a gritos con un tono perfectamente insoportable.

¡Cállate!

Tu trabajo es crear un espacio de confort y doméstico para los estudiantes que viven en Silliman.

¡No se trata de crear un espacio intelectual! ¿No lo entiendes? ¡Se trata de crear una casa aquí!

Se está haciendo normal que cada tanto tiempo se vea algún profesor universitario protestando en la prensa. Como desde 2013. Curiosamente también de cómicos, que en general han dejado de actuar en las universidades porque las nenazas se ofenden.

Pero son protestas acojonadas y a la defensiva; pidiendo que no expulsen a los profes que intentan defender la libertad de expresión y la función de la crítica en la creatividad intelectual; en vez de pedir  que sí expulsen a las nenazas a las que no se les ha programado el concepto de respeto por alguien que, intelectual y vitalmente, está órdenes de magnitud por encima.

Este caso del halloween de Yale muestra muy bien cómo opera funcionalmente el esquema. La dinámica. Basta mirar de dónde a dónde se traslada el poder. En la universidad -digamos- clásica, la obsesión es depositar el poder en dos elementos. El profesor de prestigio (con libertad de cátedra alcanzada tras los suficientes logros académicos), y la razón (a través de la libertad de expresión y de crítica, y del debate académico). En la sociedad de las nenazas el poder se traslada a oscuros burócratas (los administradores de la universidad) a través de la supresión de la libertad de crítica (y de cátedra), con la disculpa de la protección de diversas categorías de víctimas imaginarias — que actúan como hordas salvajes al servicio de esos burócratas.

No es un caso especial; sólo es un caso más claro. Lo puedes ver por doquier. Potemos es exactamente el mismo asunto.

El cuento del Calentamiento Global Acojonente opera bajo una premisa calcada. Nuestra guerra de las lenguas marginales es otra versión más de lo mismo – con la particularidad de que aquí la victima imaginaria es … ¡una lengua!

Las nenazas saben lo que hacen. Saben quién manda, y a quien servir para conseguir las migas de pan. No son la enfermedad; sólo son el síntoma. Y era inevitable.