Ya siento, no puedo decir mediante qué saltos he llegado a este artículo, que debe ser bastante conocido. Es de 2010. Va de sexo; de represión sexual en la universidad. Pero el esquema es perfectamente aplicable a toda la represión mental que, con el supuesto pretexto de proteger a los que ya nadie debería considerar niños, crea una cultura de la victimización que sólo puede producir idiotas espectaculares.

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La traslación del caso de la represión sexual a la represión mental es directa, lineal. Toda una legislación del campus que establece las palabras y acciones prohibidas;  cursos de re-educación para la generación de los ahora considerados bestias; y un altar para los sentimientos, en el que cada contrariedad se convierte en un “trauma”. Y una especie de fenómeno emergente; una realimentación entre reguladores, y víctimas en espera de trauma. La estrategia se convierte en una profecía auto-cumplida, inevitablemente. Garantiza la producción de traumatizados. Lo que puede ser bueno para el regulador. -¡Ya lo había dicho yo, había un problema que atender!-. Y eso justifica sus desvelos.

El problema es que nadie parece preocuparse por el efecto secundario, no menos inevitable. También produce idiotizados. Si rodeas de algodones a los estudiantes, y los tratas como a niños, lo que tendrás es … ¡niños! Luego salen de la uni acostumbrados a que cualquier contratiempo es una maldad que alguien debería haberse ocupado de evitarles. Y acaban de indignados, y votando a Potemos; ¿qué otra cosa podrían hacer?

El caso de ejemplo es una profe de la Northwestern, del departamento de Radio, T.V., y Cine. Laura Kipnis. De la afortunada (y ahora perseguida) generación que salió del cascarón después de la revolución sexual, y antes del sida y el feminismo salido de madre. Escribió el artículo que traigo, asustada por la neo-mojigatería ambiente.  Recomiendo mucho. La primera parte, como un tercio, es descacharrante. Tiene coña la profe. A partir de ahí presenta el caso de cómo se fabrica la generación más subni de la historia.

Acaba así:

Lastly: The new codes sweeping American campuses aren’t just a striking abridgment of everyone’s freedom, they’re also intellectually embarrassing. Sexual paranoia reigns; students are trauma cases waiting to happen. If you wanted to produce a pacified, cowering citizenry, this would be the method. And in that sense, we’re all the victims.

Originalmente publicado en The Chronicle of Higher Education [–>], hay una versión más conveniente (sin suscribirse) en la web de la autora. En PDF:

Tras la publicación, Laura fue demandada de inmediato ante la Universidad. Por estudiantes “traumatizados”, que también organizaban manifas y escraches contra la pecadora. Pobres; unos habían sufrido una “reacción muy visceral”. Otros se sentían “aterrorizados”. Y su idiotización les impedía comprender que estaban, precisamente, demostrando el argumento del artículo. ¡Que los algodones producen niños!

Lo cuenta Kipnis aquí, pero esa ya es la parte kafkiana:

Es interesante la manera en que Laura Kipnis digiere el problema, desde su ortodoxia progre y feminista.

It’s the fiction of the all-powerful professor embedded in the new campus codes that appalls me. And the kowtowing to the fiction—kowtowing wrapped in a vaguely feminist air of rectitude. If this is feminism, it’s feminism hijacked by melodrama. The melodramatic imagination’s obsession with helpless victims and powerful predators is what’s shaping the conversation of the moment, to the detriment of those whose interests are supposedly being protected, namely students. The result? Students’ sense of vulnerability is skyrocketing.

Bueno, la idea del “terrorismo machista” no es menos melodrama. Pero el esquema no se circunscribe al sexo. Es el relato del rebaño de corderitos atacado por imprecisos -y más bien imaginarios- predadores, que debe ser salvado por la paternal intervención de la autoridad bondadosa.

Y distingue bien dos feminismos distintos:

A certain brand of radical feminist—the late Andrea Dworkin, for one—held that women’s consent was meaningless in the context of patriarchy, but Dworkin was generally considered an extremist.

Sólo le falta dar el paso, que no he visto claro, de ver que más que distintos son dos feminismos opuestos. El suyo (digamos no radical), que hace de la mujer una persona entera e independiente, y el -digamos radical- que hace a la mujer un ser inferior, dependiente de la protección paternal de la autoridad. Literalmente, una víctima a la espera de su depredador. Otros “ismos” hacen lo mismo con el resto de corderitos “to be”, con un procedimiento calcado. Y lo de las universidades, de momento del mundo anglo, sólo es la punta de lanza. El campo de prueba. No hay más que preguntar a Pablemos.

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Nota: Habíamos dicho:

– El problema es que nadie parece preocuparse por el efecto secundario, no menos inevitable. También produce idiotizados.

Es un error, claro. La idiotización no es un efecto secundario de la victimización / infantilización. Es el objetivo.