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Tanto hablan de “regeneración” que parece que los españoles estuviéramos todo el día suspirando por ella. Pero luego, cuando llega el caso práctico, regeneración siempre es algo que afecta a los otros; nunca a nosotros. Y también está lo de no herir los sentimientos (nuestros, no de los demás), lo de que no haya imposiciones (a nosotros, las nuestras sí valen), y toda es línea tan conocida que se puede resumir en una palabra muy gráfica. Cafres. Los españoles somos cafres. O como los niños antes de ser educados. Y eso da una definición muy buena de cafre: Adulto que pasado por la infancia sin conocer la educación. O sea; España, hoy.

Antes era distinto. Umbral decía, con mucha razón, que España era un país que había llegado a la televisión sin pasar por la cultura. Pero eso no excluye que tuviera alguna educación, aunque fuera básicamente ágrafa. Y la gente entendía que la idea de “no imposiciones” (etc) es algo que funciona sólo si se generaliza. Que si se trata de no imposiciones a mi, pero sí a ti, no estamos hablando en absoluto de “no imposiciones”; sino de sí imposiciones. Y lo resolvían de una forma muy práctica. Hacían una guerra, y el que ganaba mandaba. Y una vez hay mando, todos a aplaudir. Funciona.

Ahora no; ahora queremos regeneración. Pero como no nos han educado, no comprendemos que si quitas la opción mando, y no introduces la generalización del “no imponer” (etc), lo que tienes es una llaga permanente. Todos protestando sonoramente por la imposición (corrupción, odio) de los demás, pero al mismo tiempo practicando lo mismo con muy desinhibido entusiasmo. O sea, la regeneración es una idiotez; no es lo que queremos. Menos algún despistado.

La cuestión es que el asunto podría -tal vez- mejorar si los despistados afinaran su mensaje y su filosofía. Porque lo que dicen es que tenemos que ser buenos. ¡Hala, un pacto para ser buenos! Y claro, todo el mundo aplaude eso (no hay discusión). Pero lo que piensan por debajo del aplauso es que ¡los demás! sean buenos. Y no hemos hecho nada.

Se puede plantear de otra forma. Nada de decidir ser buenos, y mucho menos ningún pacto al respecto. Al contrario; se trata de partir de una asunción muy simple. Los españoles somos cafres — y los vascos en mayor medida, así nos dé por sentirnos españoles o extraterrestres. Nos gusta abusar (robar, intimidar, odiar) a los demás. Ojo, aunque la asunción es indiscutiblemente cierta, no hace falta que lo sea para que la estrategia funcione. Esa es su virtud; no depende de circunstancias.

¿Y de qué sirve asumir que somos cafres? ¡Joé, cambia el mundo! Pongamos el ejemplo de una de nuestras discusiones / peleas más idiotas y alucinógenas. Las putas lenguas. Ahora mismo hay un caso estupendo en Pamplona. (Pamplona viene de Pompeius Magnus, no de Pompitxuberri o similar). El vascopiteco, que se ha hecho con el ayuntamiento, está cambiando la lengua de algunos institutos. Vaya, eliminando el castellano contra la voluntad de los padres. Y para dar cierto barniz legal al asunto se han inventado unos informes que “demuestran” que los padres no quieren lo dicen que quieren — por ejemplo en los periódicos. Y el juez les ha sacado un dedo a los cafres.

Nota: Para Potemos esos padres no son la gente. La gente debe ser una puta lengua, o algo.

Pero lo del juez no es plan. En este caso ha salido estupendo, y ha ordenado la suspensión cuatelar. Porque si se espera a que acabe el juicio y los recursos, los chavales habrán acabado antes esos estudios y no sirve para nada. Pero este es un caso, un juez. Volverán a repetirlo y les saldrá bien con otro juez. Por ejemplo con un juez cafre, que hay a patadas.

Por otra parte, la composición del ayuntamiento en la guerra de lenguas depende de tan pocos votos que puede cambiar en cualquier momento. Y sería lógico que si el funcionamiento es ser cafres, pero pensando que cafres sólo son los otros, una nueva composición del ayuntamiento produjera lo mismo en sentido contrario. En lugar de imponer puto vascuence, imponer puto castellano al que no quiere.

Ahí está la virtud de la asunción los españoles somos cafres. No vale una imposición porque sea la mía. Ni la tuya. Los dos somos cafres. Y podemos estar peleando y cambiando putas lenguas hasta la eternidad, o podemos pactar — no lo de ser buenos, sino limitarnos lo que nuestra reconocida condición de cafres nos impele a hacer. Y entonces, por ejemplo, el ayuntamiento no tiene nada que decir en cuestión de lenguas. Nunca. No puede, punto. A tomar por saco los cafres. Idealmente esto se puede elevar a la ley y a la Consti, y así también quitamos a los jueces de en medio. Y sólo quedaría la gente. Aunque a veces fuera la gente a la que Potemos no llama la gente.

En realidad, esta filosofía de los españoles somos cafres es algo muy parecido a una estrategia de desarme. Los progres deberían ser sensibles al desarme. Pero ya puedes esperar sentado.