marioneta

Cristina Losada explica muy bien la similitud que hay en la simbiosis entre la prensa y Donald Trump, y la de la prensa con Pablemos.

El bruto y el farsante

Ambos le regalan titulares a la prensa, y crítica contra ellos mismos. Que los medios recogen como agua de mayo. Y a cambio reciben esos titulares que les hacen publicidad, con una crítica que está muy bien pensada para que llegue a sus posibles votantes como el mensaje que quieren oír. Los dos son, además, eficaces manipuladores de masas. Hacen de la prensa una manada, y así la guían. Los periodistas no son tontos; muchos se dan cuenta perfectamente de la estrategia. Pero al hacer que reaccionen como colectivo desaparece cualquier posibilidad de respuesta inteligente. No es más que la aplicación del truco de la asamblea universitaria y la vieja ley de Schiller:

Cualquiera, tomado como individuo, es tolerablemente sensato y razonable; como miembro de una masa se convierte al momento en un cenutrio.

(Cita de Bernard Baruch en su prólogo al Extraordinary Popular Delusions and the Madness of the Crowds, de Charles McKay) [–>].

Y ahora tenemos a toda la prensa reaccionando en masa, supuestamente contra Pablo Iglesias. Pero en realidad sólo están propagando con mil altavoces el mensaje que quiere Pablemos. Que, por supuesto, no es ningún error ni improvisación. Nadie repite seis veces el nombre y apellido de un periodista, y su periódico, por despiste. Es un artilugio muy bien pensado para provocar la respuesta en masa de los chicos de la prensa, en solidaridad con su compañero. No le conozco de nada, pero apuesto a que Álvaro Carvajal es especialmente “buena gente” y popular entre la tropa. Un resorte para que salten a una. Y una vez han saltado, la crítica genérica. La evidente memez de la dependencia de los periodistas respecto de sus empresas, el maldito capital.

¿Hay alguna novedad en la cantinflesca diatriba de Pablemos? No será porque un político ataque a un periodista concreto con su nombre. ¿No nos acordamos del muy repetido Jiménez Losdemonios que usaba Felipe González? ¿Y el Sindicato del Crimen? ¿Y el perder aceite de Corcuera (ministro de Interior) a Pablo Sebastián? ¿Cuántas veces le recordaron a Haro Tecglen su pasado franquista? No; el ataque de un político a un periodista es cualquier cosa menos una novedad. Sin que por ello salte la prensa ni ocurra nada especial. Es parte del juego.

Pero el juego de Potemos no es ese, aunque lo aparente. Álvaro Carvajal sólo es el disparadero del mecanismo que produce el mensaje real. Y que la prensa repite mil veces, como estaba previsto: Los periodistas son buenos chicos, pero sólo pueden repetir como loros las mentiras que sus empresas quieren lanzar contra Potemos.

Mensaje que se vuelve a repetir, ampliado, en las aparentes -y falsas- disculpas de toda la potemidad.

Bescansa: la gente sabe que no se trata a Podemos de la misma manera que al resto de formaciones políticas

Echenique titula: Podemos, los periodistas, y sus circunstancias.

Iglesias: Está bien que yo pueda manifestar mi opinión sobre los propietarios de medios de comunicación que condicionan líneas editoriales, eso es justo, pero no está bien que yo diga eso y personalice con un redactor al que además tengo aprecio.

No sé si estará bien que personalice en un redactor, no es nada nuevo ni raro; pero la estrategia se basa precisamente en eso. Es eso. Sin la personalización,  nunca hubiera funcionado. Si Potemos quisiera que toda la prensa repita su mensaje, y su mensaje fuera que todo lo malo que dice la prensa sobre Potemos es mentira, y mentira capitalista, no hubiera conseguido ningún efecto. Si acaso, alguna carcajada. Pero la misma payasada, disfrazada del ataque (personalización) a un miembro inocente de un colectivo, consigue que es colectivo repita infinitamente el mensaje que querían colar. Y de una forma que lo hace (1) verosímil, y (2) conviertiendo al agresor en víctima. Acojonante. Un falso ataque y paripé se convierte en: pobrecito Potemos, que la prensa lo maltrata. Y sale en todos los medios, dos o tres días seguidos. ¡¡¡Gratis!!!

Tampoco es que sean unos genios. Pero saben un rato sobre cómo convertir a individuos razonablemente sensatos en una masa descerebrada y teledirigida. Exactamente lo mismo que Donlad Trump, como explica Cristina Losada.