Todo Potemos está igual, pero valga el ejemplo de una que, por lo menos, es guapa.

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El aplaudido (un tal Bódalo) está recién condenado por lesiones. Y le ha caído lo máximo en el tipo, por reincidencia. Vaya, que le va. Que parte de su estrategia vital es zurrar y lesionar a aquellos con los que no está de acuerdo. En este caso era un concejal del PSOE. Pero no es nada personal; en otros casos era gente distinta con otras circunstancias. Lo común es el desacuerdo. Y la reacción: lesionar. Hostias dar. Con grandes aplausos y alabanzas por parte de todo el ganado potemita.

Libertad de expresión. Bueno, depende; los lesionados por Bódalo no debían tener mucha libertad de expresión. Para Bódalo. Y para Potemos, que aplaude a Bódalo. Eran fostiados por su opinión.

Paradoja. ¿Los lesionados por Bódalo podrían darles un par de hostias y lesionar a los que aplauden las hostias que recibieron Bódalo? Parecería justo. O cuando menos, equitativo. Si manifiestas públicamente (y eres un cargo público) que fostiar al discrepante es digno de alabanza, no pude parecerte mal que te fostien a ti. Lo bueno será bueno para todos. Debería.

Vale, el juez podría no estar de acuerdo, y mandarte a la cárcel como ha mandado al angelito este. Pero hay una diferencia. Enorme. Los lesionados por Bódalo no eran partidarios de las fostias como medio de resolución de discrepancias. Estaban exclusivamente en el lado de recibir, no en el lado de dar. No se les conoce aplausos a fostiadores profesionales. Supongo. Aceptemos para seguir el argumento. Y entonces estamos jugado con reglas sociales distintas.

Unos, digamos los civilizados, no aceptan las fostias como parte de la discusión pública. Otros, digamos los cafres, no sólo las aceptan, sino que las alaban. La conclusión es que por muy igual que sea la ley para todos, los cafres van a tener la libertad de expresión que propugnan los civilizados, mientras que los civilizados van a ver mermada la suya por las agresiones y escraches de los cafres. Y en esa circunstancia ser civilizado es de idiotas. Pierden siempre.

Sí, podrías impulsar un tipo de educación que consiga que los cafres tengan tanto rechazo que no les merezca la pena serlo. Pero la educación que tenemos va exactamente en sentido contrario. También podrías ponerle un policía con una buena porra a cada cafre, pero no hay dinero para tanto. Alternativamente, puedes “cazar” a relativamente pocos cafres en sus actos de lesionar e impedir la libertad de expresión, pero compensar lo escaso de la caza con penas muy fuertes. Para disuadir.

No hay más cáscaras que las que hay. Si te importa la libertad de expresión, y hay muchos cafres y tienen suficiente “ambiente”, tienes que sacralizar la libertad de expresión, y penalizar fuertemente las agresiones de los cafres a la libertad de expresión. La otra sería abandonar la civilización, y cafrear a los cafres. Pero como decía Borges, no nos comemos a los caníbales. ¡Seríamos caníbales!

Resumiendo. El angelito Andrés Bódalo ha sido condenado por lesiones con repetición y afición. Pero NO ha sido condenado (además) por atentar contra la libertad de expresión — a modo de herramienta política. Sería buena idea implementarlo. Y ya puestos, meter en el mismo saco los escraches como los de Rosa Díez (y otros) en la Complu. Si queremos que se pueda hablar, hay que hacer algo con los que están empeñados en impedirlo. Y el aplauso al delito contra la libertad de expresión … es un asunto delicado. No parece muy insensato contemplarlo como incompatible con el cargo público. O al menos, pensarlo. Los cafres ya están ahí. Por nuestra educación de “la generación más preparada de la historia”.