Pillo por Twitter [–>] un artículo de El Mundo, muy alucinante.

Describe la discusión entre unos que se llaman a sí mismos pedagogos (los majaras de la LOGSE, para entendernos), y los profesores que  se parecen a los buenos profesores de toda la vida. Que los majaras llaman fachas, también para entendernos. Y usa citas y réplicas de intervinientes concretos, con nombre y apellidos. Lo malo es que cualquier persona que lo lea, y que esté alejada de ese mundillo, tiene que pensar que es mentira. Que el periodista Gabriel Sanz está exagerando un montón, para ridiculizar a los “pedabobos”. Porque no es fácil creer que larguen bobadas tan angelicales con naturalidad. Y el caso es que una cierta experiencia, marginal pero no irrelevante, me hace sospechar que no es exageración  en absoluto. También piensa lo mismo el profe que ha puesto el enlace el Twitter, y él sí está metido en ese mundo.

Recuerdo, de hace tiempo, conversaciones de este tenor.

– Oye, muy bonito, pero ¿cuándo llega la parte en la que compruebas que la inteligente teoría realmente obtiene los resultados que esperas de ella?

– ¡Eso es “resultadismo”!

– ¿Mande?

– ¿Que no se trata de eso, que eso es “resultadismo”?

– ¿Y cuándo cojones ha sido un problema comprobar los resultados?

– Es que produce elitismo y desigualdad, y una horrorosa meritocracia.

Y de ahí no les sacas. Se agarran a unos mantras -elitismo, desigualdad, “resultadismo”, la pavada que sea- y no les mueves aunque se  les caiga todo el chiringuito. No existe posible realidad inconveniente, porque para ellos la realidad es el mantra. Son como la radiografía de un niño, de un borracho, o de un tontolhaba.

Lo de El Mundo es aquello mismo que vi hace unos años por circunstancia casual. Un rosario inagotable de frases muy gloriosas, estupefacientes, y completamente equivocadas. Completamente, como en al revés.

La creatividad y la innovación son lo que permiten avanzar al ser humano.

Seguro. Pero un puto niño no es “el ser humano”, pedazo de subnormal. Ningún fulano es “el ser humano”. Y la inmensa mayor parte de los fulanos no tienen ninguna creatividad, y no hacen exactamente ninguna innovación a lo largo de su vida. Contándola entera. Con suerte, y con esfuerzo, tal vez se puede esperar que copien las innovaciones de los muy pocos que crean algo. Eso es “el ser humano”. No un animal que innova, sino un animal que copia … una copia, de una copia, de uno que innovó. A veces, entre copia y copia ocurren pequeñas mejoras. Y resulta que copiar es memorizar, y -si suena la flauta- comprenderlo. Eso que normalmente se llama “conocimientos”, y que esta panda de descerebrados ha convertido en un pecado. La educación, para ellos, no es transmitir (o incluso incrustar) conocimientos, sino lo que llaman “aprender a aprender”.

¿A que suena muy bonito? Pues con esa jugada se meten en una paradoja que su triste estructura neuronal no les permite comprender. Porque si eliminan la memorización, y eliminan la transmisión / adquisición de conocimientos, se quedan sólo con una especie de formalismo o de estrategia. Ese “aprender a aprender”. Que en realidad no es otra cosa que aprender a pensar. Y ese es un ejercicio en el que no ayuda nada lo que proponen como “educación”. Pero nada.

Para aprender a pensar no valen un pimiento ni internet, ni el amor y la empatía de los profesores, ni la acción de grupo. Pensar es el ejercicio más individial que existe — aparte de la masturbación. Sí, después de haber pensado se puede mejorar mucho el resultado mediante el contraste con otros. Pero con otros individuos, nunca con un grupo que sea funcionalmente un colectivo. Porque el pensamiento de grupo es, precisamente, la mejor receta para hacer descarrilar el pensamiento. Y la segunda mejor receta para joder el pensar con acierto es toda esa empatía y emotividad que les tiene tan obnubilados. ¿Por qué creen que los cirujanos no operan a su propia mujer, ni los abogados se defienden a sí mismos?  ¡Pues porque emoción y razón funcionan por carriles diferentes! Hay que ser bruto para no comprenderlo. O igual es que tuvieron problemas en la fase de adquisición de conocimientos, y por eso la odian.

Y claro, no podía faltar lo la autoridad del profesor; es gran “problema”.

La autoridad es una palabra polisémica. Antes de convertir al profesor en una autoridad pública, es más importante convertirlo en alguien querido. Hay que conquistar el corazón de los alumnos, eso entiendo yo que es la autoridad.

Que no, que no es trola; estos subnis son así. Yo entiendo que la autoridad significa algo que no tiene nada que ver con la autoridad, y me quedo tan pancho. Polisémica, no te jode. En ese plan no existe palabra ni concepto que no sea polisémico, y ninguna de ellas quiere decir nada más que lo que yo quiera. Pero entonces sólo puedo comunicarme, o conmigo mismo, o con la pandilla de descerebrados con los que comparto significados. El “grupo”, vaya. Y de ahi la pedabobía, con toda su empatía y su cogerse las manos en círculos de amor.

El artículo concluye que los pedabobos, y los profesores digamos clásicos -o fachas-, no pueden entenderse. No hacía falta decirlo, ni preguntarles. Significados particulares de grupo implican entendimiento exclusivo dentro del grupo.

Lo que no se entiende es por qué tiene que ser un problema el que no puedan llegar a un punto intermedio. Y además, la medio gilipollez, o por el lado contrario lo medio facha, no es una solución para nadie. Y entonces la solución no es que se pongan de acuerdo. Tampoco sirve la imposición por ley de una de las dos estrategias. Los “fachas” nunca van a aceptar la gilipollez como esquema de educación. No podrían, porque ven la educación como el sistema de eliminar la gilipollez natural en una fase temprana. Y los pedabobos nunca van a aceptar autoridad, esfuerzo, adquisición de conocimientos, y mérito. Tampoco podrían. Porque toda su necesidad consiste en implantar ideología a base de repetición y total ausencia de crítica (pensamiento), y hacer que todos sean igual de asnos. Vaya, la única forma de que sean iguales.

Por otra parte, cambiar de esquema a cada cambio de gobierno es una aberración. Garantiza un sistema de educación deficiente, y no soluciona las necesidades de ninguno de los dos grupos. Así que sólo hay una opción no absurda. Centros educativos de los dos estilos. Digamos, pedabobiums y escuelas clásicas. Que sean de titularidad pública o privada es irrelevante. Lo importante es que los adoradores de unicornios (los tontolhabas) no tengan que mandar a sus hijos a centros “fachas”,  y los que quieren que sus hijos adquieran conocimientos no tengan que padecer el inevitable rosario de imbecilidades y empatías. Sería, sin duda el mejor de los mundos.

¡Hala!, ya les hemos arreglado la falta de acuerdo. ¿Podríamos ahora a dejar de discutir, y empezar con lo de educar?

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Pero no dejéis de visitar el artículo de El Mundo. Alucina, vecina.

Añadido posterior. Viene a cuento, y también vía Twitter, esto de Savater en el prólogo de “Panfleto antipedagógico“. No parece tener una opinión más caritativa sobre los pedabobos.

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Por cierto, al buscar el enlace del Panfleto antipedagógico, he encontrado una versión -aparentemente acortada- que el autor, Rivardo Moreno, pone a libre disposición del respetable.