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Tanta discusión con los titiriteros del Ayuntamiento de Madrid, de problemas sin duda escurridizos e interesantes, pero nadie parece haberse planteado el primer paso de todo el carajal. La fuente. Que es preguntarse por la función de un ayuntamiento. Esto es, si entre sus misiones está tocarle los cojones a la gente.

Por ejemplo, desde el ayuntamiento regido por la Niña del Pis alegan, muy satisfechos, que se trata de sátira política.

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Maravilloso. ¿Y quién ha dicho que los ayuntamientos estén para hacer sátira política? Sátira, con todas las virtudes que tiene, es, exactamente, tocar los cojones. Incluso para un argentino. Se trata de un discurso picante y mordaz, destinado a censurar o ridiculizar (DRAE). ¿No es bastante castigo tener que soportar alcaldes, como para permitirles que se dediquen a llenar las calles de sátira? ¿Alcalditos -o alcalditas- tocacojones? ¿De verdad?

Supongo que está al alcance de los marxista-cantinflistas comprender que la sátira es un juego al que nos podemos dedicar todos, con mordientes picaduras en todas direcciones. Pero que la civilización consiste en que los gestores de lo público se abstengan. De lo contrario, el exceso de picante se puede dar por seguro. Especialmente en los ayuntamientos, que no tienen ninguna disculpa verosímil para dedicarse al cafrerío.

Es perfectamente posible que Potemos entienda la política como tocar los cojones. La abuelita, pinta ya tiene. Y Pablito dijo, muy serio, que venían a “montar el pollo”. Literal.

En todas las sociedades hay cafres. Y hasta puede ser una buena idea que tengan su partido especial. Pero no deberíamos dejar que líen a los demás con su navajeo. No se trata de si el aplauso público de asesinos de inocentes es “sátira política”, o es otra cosa. El “feminicidio” también puede ser romanticismo … entendido de aquella manera. Por ejemplo. Y para eso están las leyes y los jueces. Pero para lo que no parece que tengamos leyes es para los cafres encastados. O sea, una ley que aclare para qué NO están los ayuntamientos.

Cuando hay un consenso amplio sobre cuestiones como esa,  no hay nada que regular. La gente lleva sus límites puestos por la educación. Pero si empezamos con el cafrerío, ganan los cafres. Siempre. Es imposible imaginar, no sé, a Begoña Villacís poniendo titiriteros en las calles con una excitante historia llamada La caza del perroflauta. Donde a  los rastas,  coletas y meonas, les meten la flauta por el culo hasta matarlos. Sería pura “sátira política”, si así lo dicen Pisarello y la Niña del Pis. Pero a Villacís no se sale. Ella no es así. Bueno, ni Villacís, ni  nadie fuera del mundo de Potemos y sus primos batasunoides.

Hay que elegir. O los ayuntamientos están para tocar los cojones a placer, o no. Y si pensamos que no, pero que es frecuente que haya alcaldes cafres, entonces habrá que poner los medios de impedirlo. Malditas leyes. En los pueblos salvajes es mejor que los ayuntamientos no organicen fiestas. Porque se convierte en que acabamos a fostias con tanta sátira. Las fiestas, entre salvajes, las organiza cada grupo social. Y la sátira se queda dentro. Fiesta Flauta; Fiesta Mariana; etcétera. Con que los ayuntamientos se dediquen a las farolas y los baches, van que chutan.

Y la Fiesta Pis, si puede ser, mejor individual. Como Colau.

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Actualización:

Dice [–>] un potemoide, Xavier Domènech, de los jefes de Cataluña:

El humor y la capacidad de reírnos de nosotros mismos es aquello que hace más libre una sociedad”

Y uno se queda pasmado, tratando de imaginar si será subnormal de fábrica, o sólo de sátira.