– ¿Pero acaso puedes creer que todos esos miles de científicos se dedican a engañarnos?

Esta es la pregunta subnormal número uno de los alarmistas del clima. La suelen tener como la definitiva e irrefutable. Se les pone cara de satisfacción cuando la sueltan. Como quien se mira al espejo y comprueba lo listo que es. Amplia sonrisa.

Querido alarmista carbonófobo. Si piensas eso, y -peor- si lo planteas así en público, tienes dos problemas nada despreciables. Uno es tu falta de sutileza intelectual. El otro, que ni siquiera te importa. Vaya, que no tiene cura.

Pensar que la crítica del alarmismo del IPCC es una teoría de la conspiración tiene tanta sutileza mental como llamarle conspiración a un grupo de perros o de chimpancés cazando. Una conspiración es un plan secreto de un grupo para hacer algo ilegal o dañino. Y ningún humano necesita hacer planes ni llegar a acuerdos para saber cómo se “sigue la corriente”. Está incrustado en nuestra naturaleza, con no menor fuerza que en los chimpas y en los perros. Por lo demás, el auto-engaño es el tipo de engaño más frecuente de cada persona. De lejos.

Por tanto, Caperucita, no hace falta ninguna conspiración para que un grupo humano pierda el oremus, y empiece a llegar a conclusiones francamente exageradas y sin garantía. Conclusiones en buena medida sinceras, y sin embargo equivocadas.

– ¿Pero cómo se podrían equivocar tantos, juntos?

¡Pues muy facilmente! Juntos es la manera mas natural de equivocarse. El mérito sería hacerlo independientemente. Pero funcionando en modo peña esté chupado. Se llama pensamiento de grupo, y es el procedimiento por el que tantos asnos con tintes de psicópata acaban gobernando países — por lo demás relativamente razonables. En cuanto presentas a los niños un cuento de buenos y malos, ya has conseguido que las funciones superiores del cerebro no sean parte de la ecuación.

Afortunadamente, empieza a haber pequeños avances para estudiar cómo funcionan en la práctica las no-conspiraciones científicas. Por ejemplo:

En este caso el estudio se refiere a “comunicación”. O lo que circula desde el mundo de la especialidad científica concreta, hacia afuera. Pero si hay elementos que  son inconvenientes de mostrar hacia afuera, tampoco van a circular internamente con total facilidad. Si los hermanos ocultan al mundo que mamá o papá se drogan, esa tampoco va a ser una conversación frecuente entre ellos. Lo que no se puede mostrar al público acaba teniendo tintes de tabú. Y tintes de tabú es lo que muestra Sonja Post en la “ciencia del calentamiento global”. Dos hallazgos principales.

1) Una gran mayoría (72%) de los científicos del clima alemanes consultados, consideran que se debería comunicar al público con mayor claridad las cuestiones sin resolver acerca del cambio climático. Pero luego resulta que son los menos partidarios de esta claridad los que más se comunican con la prensa. Con lo que, evidentemente, el mensaje no llega. O llega muy sesgado.

2) También se comunican más con la prensa cuanto más convencidos están de las “líneas generales aceptadas por el público respecto del cambio climático”. El llamado “consenso”, hablando en cristiano.

Lo que no hace el estudio es sumar 1 +2. Que cuanto más “consenso”, menos afición a hablar de las incertidumbres y las cuestiones sin resolver.

La autora señala:

Puede haber al menos dos razones para estas relaciones. Por una parte los periodistas pueden preferir a científicos que confirmen de forma definitiva y sin ambigüedades la fama pública del calentamiento global. Por otra, conociendo las preferencias de los periodistas, los científicos del clima pueden estar tanto mas inclinados a hablar con la prensa cuanto más convencidos estén de las asunciones populares sobre el cambio climático. Otra explicación puede ser que los científicos que consideran el cambio climático una amenaza peligrosa, están más motivados para actuar políticamente y hablar en público. Es verosímil que intervengan los tres factores, interactuando. Futuras investigaciones deberían establecer hasta qué punto ocurre.

Además, también mide la “apetencia” general de los climatólogos alemanes por comunicar en público sus resultados, dependiendo de que estos sean a favor de la corriente (más “alarma”), o en contra de la corriente (menos “alarma”). Y son significativamente partidarios de no comunicar menos “alarma”. El método de medir parece interesante. Dos estudios ficticios, ambos verosímiles, repartidos aleatoriamente  entre los científicos. Uno concluye que el “cambio climático” será más rápido de lo previsto (más problema), y el otro que más lento (menos problema). Y había significativamente más científicos que consideraban inconveniente para el público el segundo, que los que consideraban inconveniente el primero.

En resumen. Un sesgo claro en la interfaz ciencia del clima / prensa. Y los sesgos distorsionan la realidad.

Judith Curry tiene un comentario de especial valor, porque cuenta la experiencia de su tránsito de científico con “estrategia de comunicación” (sesgo), a científico sin miedo a exponer honradamente las incertidumbres. En: