[Nota previa: Hay gente que no se fija en la firma. Este artículo no es de plazaeme, que no suscribe ni una sola coma del mismo]

Francisco

Hay un trabajo académico titulado: Dangerous Machinery: “Conspiracy Theorist” as a Transpersonal Strategy of Exclusion. Los autores son Ginna Husting y Martin Orr, ambos de Boise State University. No promete ser fuente de lectura apasionada. No lo he leído ni pienso leerlo. Citaré su breve abstract para que nos hagamos cargo de qué va. Dice así:

“In a culture of fear, we should expect the rise of new mechanisms of social control to deflect distrust, anxiety, and threat. Relying on the analysis of popular and academic texts, we examine one such mechanism, the label conspiracy theory, and explore how it works in public discourse to “go meta” by sidestepping the examination of evidence. Our findings suggest that authors use the conspiracy theorist label as (1) a routinized strategy of exclusion; (2) a reframing mechanism that deflects questions or concerns about power, corruption, and motive; and (3) an attack upon the personhood and competence of the questioner. This label becomes dangerous machinery at the transpersonal levels of media and academic discourse, symbolically stripping the claimant of the status of reasonable interlocutor—often to avoid the need to account for one’s own action or speech. We argue that this and similar mechanisms simultaneously control the flow of information and symbolically demobilize certain voices and issues in public discourse.”

Todo lo cual es un poquito lenguaje de Polonius para significar lo que ya sospechamos. A saber, que conspiracy theorist es una muletilla de la vagancia intelectual en todos los terrenos para escaquearse del escrutinio y análisis de las cosas. Es un resoplido de desdén, y apenas nada más. Aspecto particularmente cómico de ese reflejo es la suposición infantil de que las conspiraciones son insostenibles más allá de un reducidísimo número de personas, debido al impulso humano irresistible de irse de la lengua. Bien. Una de las primeras cosas que le fueron reveladas a Truman cuando llegó a la presidencia de EEUU, tras la muerte de Roosevelt en 1945, fue la existencia del Proyecto Manhattan y sus frutos. El proyecto había comenzado 6 años atrás y empleaba a unas 130 000 personas. Truman no sabía nada del asunto, ni supo nada del asunto durante sus 82 días como vicepresidente.

La operación Gladio empezó poco después del final de la segunda guerra mundial. Utilizó (y sigue utilizando) a miles de personas en muchos países, y de sus actividades solo se destapó la proverbial punta del iceberg tras unas revelaciones del PM italiano Giulio Andreotti en 1991, seguidas de otras por uno de los operarios de base, Vicenzo Vinciguerra, y de la subsiguiente investigación por parte del Senado italiano, cuyo informe en el año 2000 indicaba explícitamente que “esas masacres, esas bombas, esas actividades militares [de los años 60-80, los llamados ‘años de plomo’] fueron organizadas o promovidas o apoyadas por individuos dentro de las instituciones del Estado italiano, y, como se descubrió más tarde, por individuos vinculados a las estructuras de los servicios de inteligencia de Estados Unidos.” Daniele Ganser y otros investigadores independientes han seguido hurgando en el asunto. En uno de los interrogatorios de la investigación oficial italiana, uno de los ex miembros del servicio secreto puntualizó que el lugar de los bombardeos se elegía para producir el mayor número posible de víctimas entre mujeres y niños, ya que estas víctimas eran las más útiles en el descrédito de los comunistas a quienes se acusaba de las masacres (para suscitar rechazo en las urnas).

En general, como señala Chris Floyd en este breve resumen de 2005 –que puede servir de trampolín de partida al hurgador solícito en estos asuntos– la vieja frase latina “cui bono”, aunque dista de ser infalible, sigue siendo la brújula inicial más útil en la búsqueda de agencia. http://www.globalresearch.ca/articles/FLO502B.html

Agrego yo que el cui bono es particularmente útil como herramienta de descarte, cuando la respuesta que provoca es tan negativa que hace emerger el Absurdo, como uno de esos muñecos-payaso que salta de una caja con resorte para hacer reír a los niños. Por ejemplo: ¿qué beneficio pensaban sacar “i comunisti italiani” con la masacre de ochenta y tantas personas en la estación de Bolonia? Por otra parte, la identidad del acusado inicial y la celeridad con que se le identifica, es un potente indicio para determinar quién o qué saldría ganando SI la acusación logra plantar raíces.

La naturaleza de la mayoría de las grandes operaciones de Terror de las últimas décadas, sobre todo desde 2001, es tal que solo adquieren sentido racional como mecanismos de acusación falsa. La más espectacular de ellas, el 11-S, ha sido fructífera en el cambio que ha justificado, no solo en las orgías destructivas y claramente criminales por el extranjero, sino también en el afianzamiento del estado policial dentro del país. Hace unos años dediqué algunos cientos de horas de mi vigilante y obsesivo intelecto a investigar aquella operación, sobre todo uno de sus aspectos más investigables: el derrumbe de las 3 torres. Lo hice con ayuda de un buen número de ingenieros, arquitectos, físicos, químicos, razonadores, filósofos, todos ellos gente perfectamente serena y lúcida, y con la contemplación de una gran cantidad videos del espectáculo, que desafortunadamente para los perpetradores, no pueden ser eliminados. Estoy total y absolutamente convencido de que los edificios, los tres, fueron demolidos, y que su pulverización explosiva, simétrica, en casi perfecta verticalidad y a velocidad cercana a la caída libre, tal como se observa en docenas de videos, es una imposibilidad física de primer orden. Con lo cual el resto de la historia, del cuento chino, se derrumba con ellos. Por lo demás, el resto de la historia, si se examina, es de por sí payasa, absurda y chapucera hasta un punto igualmente asombroso, y el hecho de que sea aceptada por tanta gente solo se explica por un nivel colosal de estupor o hipnosis colectiva.

En las catacumbas de todos los estados existen innumerables organizaciones que trabajan a pleno empleo en al confección y ejecución de “conspiraciones”, muchas de las cuales son desconocidas o extremadamente nebulosas (aposta) para los líderes oficiales del aparat. Cuanto más grande el estado, más numerosas y recónditas son estas organizaciones, y más densa es la tiniebla que las envuelve y las aísla. El éxito de sus actividades (indiscutiblemente conspiratorias) se ve confirmado por la simple observación de que la inmensa mayoría de ellas no llegan nunca a nuestros oídos, a menos que supongamos que esas gentes se pasan el día durmiendo para justificar su empleo.