Que la ley contra la violencia machista da mucho por saco no debería ser asunto de discusión. Es lo más antijurídico que hay. En el sentido “jurídico” que venimos aprendiendo desde que nació nuestra cultura, que odiamos con tanta pasión. Esas bobadas como demostrar la culpabilidad, y no la inocencia; o la no discriminación. Se podría discutir la conveniencia de cargarnos una de las esencias que nos ha hecho civilizados … si fuera en aras de un objetivo superior. Por ejemplo, la emasculación psicológica del “género” masculino. Unos pueden pensar que es mejor civilización, y otros pueden preferir emasculación. Disparidad; la vida misma. El único problema es que el “terrorismo machista” no parece haberse visto concernido por la ley incivilizada. Pero nada. Y entonces la presunta disculpa del objetivo (discutiblemente) superior no existe.

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¿Cuando una ley molesta y no sirve de nada, usted qué hace, señora feminista? O tal vez no se trate de conseguir lo que parece, sino otra cosa.

Pero tengo una sorpresa para vosotros. Si nos empeñamos en creer que las leyes de las bobas (¿o jetas?) han de tener algún efecto, y miramos mucho, puede que seamos capaces de encontrarlo. Mira, mira:

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En rojo hombres y en azul mujeres muertos por violencia. Machista en el caso de las mujeres; no machista en el caso de los hombres.

Acojonante. Si la ley contra el “terrorismo machista” ha tenido algún efecto, ha sido ¡disminuir notablemente el “terrorismo no machista”! Bueno, tal vez sean más cosas. La ley, y todas esas enternecedoras manifestaciones y tal.

Vale, el segundo gráfico no va en serio. Sólo me ha parecido morboso. Pero el primero va a misa. La ley feminista no está haciendo nada. Ustedes descuiden; no la van a quitar, sea lo incivilizada que sea, y digan los números lo que digan. Las leyes están para cumplirlas (© Becerril, Soledad); nunca, nunca, nunca, para examinarlas. Imagina; sería como juzgar a los asnos que las ponen. Y eso no.

Una propuesta. Parece coña, pero no es. ¿Qué tal la posibilidad de pensar que leyes (y legisladores con “legislorrea”) ya hay demasiadas, y exigir cierto control de calidad a cada nueva ley que se presente. Por ejemplo, llega el fenómeno de turno con la idea (ley) genial para conseguir un prodigio maravilloso. Pongamos que deje de haber del orden de 60 homicidios -por violencia- de mujeres al año. Como el objetivo es bueno, el problema es que no resulta fácil oponerse a una ley así. ¿Quién no quiere que deje de haber esos homicidios? Y así va creciendo y creciendo el recetario legislativo. Cosa que en sí misma es un mal. Si una ley no hace nada, o lo hace muy insuficientemente, es mucho mejor que no haya esa ley. Entonces, se le podría exigir al fenómeno que la propone / vota, que establezca de antemano el objetivo que pretende conseguir. Por ejemplo, disminuir los homicidios mencionados en -al menos- tal porcentaje. Y si no lo alcanza en un tiempo convenido, se quita sin más miramientos. No sólo sería bueno para evitar montañas y montañas de leyes inútiles que nos ahogan. Tendría otro efecto aun más interesante. En vez de quedarnos tranquilos con una ley inútil, porque ya tenemos una estupenda ley boba, podríamos dedicarnos a pensar en qué otra cosa sí podría mejorar el problema que nos preocupa.

Y luego está ese pequeño detalle de la atención a las categorías y el orden en el “pensamiento” (de alguna forma hay que llamarle).

Por todo eso, el movimiento feminista pedirá en la Marcha «que la lucha contra el terrorismo machista sea una cuestión de Estado». «Si se llamara como es, se trataría como se debe. Igual que pasó con ETA, y lo digo con todos mis respetos. Aquello era terrorismo y esto también», dice Begoña Piñero, desde la plataforma de Asturias.[El Mundo –>]

Si Piñero fuera capaz de pensar “como es”, en vez de estilo asna, no se le ocurriría llamarle “terrorismo”. Porque es precisamente la violencia más opuesta al terrorismo que quepa imaginar. El terrorista no tiene nada personal contra su víctima, a la que no suele conocer y elige como represente aleatorio de un grupo. Cuanto más aleatorio mejor para sus propósitos, que no son otros que aterrorizar a ese grupo. Justo lo contrario que la violencia de pareja. Pero exactamente lo más contrario; una es la menos personal de las violencias, y la otra es la más personal. Esa es la diferencia que le da el detalle fundamental a la violencia terrorista: la víctima no tiene ninguna oportunidad de evitarla. En cambio la mujer puede elegir su pareja. Y eso no puede ser un “asunto de estado”, como pretenden. O sí; pero sería un estado de mierda. Y tal vez estaríamos hablando de “negocio de género” en vez de “violencia de género”. Lo que podría explicar por qué los números no les importan.

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