Ya que he hecho el trabajo argumental para (en contra de –>) Luis, lo copio aquí:

A ver si podemos ir todavía más atrás para que lo veas. Los humanos tienen una serie de “conocimientos” (cosas que creen saber) que condicionan completamente su conducta. Por ejemplo, si voy a una boda, me pongo una corbata; si tengo resaca me tomo una aspirina; si le toco el culo a esta churri, sin avisar, me va a salir mal la jugada. “Conocimientos” -> inducen acciones.

Funcionalmente todos los conocimientos son iguales; inducen la acción que corresponde. Pero su origen es muy variado. Y es importante estudiarlo, porque saber de dónde vienen te dirá qué conocimientos tendrán, y por tanto sabrás mucho sobre su previsible conducta.

Bien, pues básicamente tienes tres fuentes de conocimentos.

– Objetivos (independientes de nuestra imaginación).
– Subjetivos (dependientes de la imaginación de una sola persona).
– Intersubjetivos (dependientes de la imaginación de muchas personas). Lo que suelo llamar “cuentos chinos”.

Y si ahora te fijas un poco, y quieres MIRAR el mundo que tienes alrededor, en vez de PENSAR cómo debería ser el mundo ideal, verás que esa sociedad que crees que no es nada, es un acojonante compendio de conocimientos intersubjetivos. Los derechos humanos; la justicia; la iguladad; la fraternidad; la libertad; el individualismo; el consumismo; el turismo; Dios; Pacha Mama; la nación; la familia; el club de fútbol; el deporte; la vida sana; el calentaminto global; el chalet; el amor romántico; etc.

Es evidente que los “conocimientos” intersubjetivos son un asunto de la sociedad (familia, banda, tribu, ciudad; nación, estado). Porque sólo es sociedad (familia, banda, tribu, ciudad; nación, estado) en la medida en que tenga ese compendio operativo de “conocimientos” intersubejtivos (cuentos chinos).

Coño, pilla el ejemplo más fácil para un libertario. El dinero. Su valor está exclusivamente en la imaginación de los que lo manejan. Y si dejan de imaginar ese valor, el dinero pierde su valor. Pasa a valer lo mismo que el papel higiénico de igual superficie. Menos, porque tiene menos uso (rasca más).

Vale, pues ahora que lo vas pillando, ya puedes ver que es absurdo que el colectivo humano que está formado por una serie de valores intersubjetivos, no tenga nada que decir respecto de la programación de sus cachorros en esos valores. Es algo tan directamente absurdo que ni siquiera merece 30 segundos de pensamiento. Ni mucho menos merece la pena ponerse a leer a Mises, ni a nadie. Porque sólo pueden ocurrir dos cosas. O Mises habla de algo diferente, y leerlo sería perder el tiempo de cara a este problema; o Mises no miró bien el mundo. No necesitas a Mises cuando puedes mirar el mundo tú mismo, directamente.

Luis, esto no es algo discutible.

Vale, tú quieres encajarnos otro cuento chino. El cuento libertario del estado que no educa. Y puedes decir: ¿Cuento por cuento, por qué no va a valer el mío? ¡Pues porque estás prescindiendo de las leyes de la dinámica de los cuentos chinos! Porque los cuentos chinos son “conocimientos” intersubjetivos, y lo intersubjetivo no sale del capricho “libre” y aleatorio de los cerebros de cada fulano. Lo que no puede ser, no puede ser.

Y ya sólo quedaría darle otra vuelta de tuerca al asunto, e intentar observar cómo se instalan y evolucionan y cambian los “conocimientos” intersubjetivos.Porque es evidente que cambian, y es evidente que, en un momento dado, en una sociedad, hay unos pero no otros. ¿Cómo / quién decide eso?

Depende muchísimo del tipo de sociedad, y de su tamaño / complejidad. Lo que NUNCA ocurre es por la casualidad de que la mayor parte de parejas humanas deciden LIBREMENTE creerse unos cuentos, y no otros. Nunca. Entre otras cosas porque para que la gente se trague el cuento necesita no saber que se trata un cuento. Creer una “verdad” no es elegir entre dos mentiras.

Normalmente solía haber órganos especializados para el asunto. Desde el chamán, hasta los obispos. Con la democracia y el descabalgamiento de Dios, se jodío mucho lo del órgano especializado. Pero mientras las sociedades democráticas estuvieron divididas entre una clase bastante culta y minoritaria, y otra clase funcionalmente analfabeta y muy mayoritaria, con un colchón burguesía (o sea, seres obedientes) por medio, el asunto pudo funcionar. El órgano especializado en cuentos chinos era lo que la sociología de la época llamó la élite cultural. Pero la democracia tiende al igualitarismo a la baja, a largo plazo. Si el voto de un melón vale lo que el voto del sabio, y encima el melón aprende a leer y a creer que sabe algo, los sabios nos empiezan a estorbar. Vale, los melones (o sus representantes) podrían decidir democráticamente los cuentos chinos. Es la idea de la vida de Zapatero. E imponerlos a través de la educación controlada por el estado. Pero el problema de esa situación es que sólo los más melones entre los meloncillos pueden creerse un cuento chino con un origen así. Zapatero podría creerlo; pocos más. Hay que tener en cuenta que, hasta la democracia, los cuentos chinos venían nada menos que de Dios; del origen del universo; del origen de “nosotros”; y altares similares.

La solución llegó por otro camino. Después de la Segunda Guerra Mundial, y con la Guerra Fría, la investigación científica (con su aspecto bélico siempre a la cabeza) necesitó tal cantidad de recursos que su financiación tuvo que cambiar de básicamente particular, a básicamente pública. Pero la ciencia en aquella época era literalmente Dios. Si unos sabios melenudos te dicen con unas fórmulas matemáticas, cómo es la realidad antes de que nadie pueda observar esa realidad, y de ahí resultan prodigios inimaginables, es lo mismo que estar hablando con Dios. Pero encima, esta vez se trata de una comunicación real.

¡Pues ya tienes otra vez el órgano especializado de cuentos chinos! Suma los dioses de las fórmulas matemáticas a la finaciación del gobierno. Añade al cocktail la capacidad de mentir con la estadística y todos esos truquillos que hemos visto tan palmariamente expuestos con el cuento del cambio climático, y otros. Y  ya tienes de nuevo a un órgano especializado en cuentos chinos tan operativo como los de siempre. La Igual Da, el Hombre Pecador, Pacha Mama, Justicia Universal, y lo que usted quiera. No hay morcilla que se resista.

Y ahora viene el libertario cachondo a decirnos que el estado no debe educar. ¡Pero hombre, Luis! ¿No te das cuen? El estado tiene tantas posibilidades de no educar como las que tiene el lobo de comer lechugas. ¡Dejaría de ser estado! Para eso mejor me cuentas que el estado debería no existir. Pero eso sí, me lo explicas con una alternativa -no imaginaria- por delante. Mientras tanto, sólo cabe civilizar el estado. Que es justamente ese empeño en el que llevamos embracados unos 2.500 años, con mejor o peor fortuna según las épocas.

Pero ese empeño civilizatorio nunca ha consistido en eliminar los cuentos chinos (no se puede), ni en eliminar todo centro creador de cuentos chinos (no funciona), ni en dar libertad para que cada cual elija sus propios cuentos particulares (no es sociedad). Consiste en operar sobre los cuentos chinos, para eliminar los más perniciosos. No debería ser tan difícil; al final, son cuentos. Y para elegir cuentos que, siendo más liberales, aun así sean operativos. ¿Y cómo los podrías elegir si no eres el centro selector de cuentos chinos? ¡¡¡Pues destruyendo los cuentos perniciosos!!! Por ejemplo, los cuentos de buenos y malos que se basan en el ser y no en el hacer. Lo que hace esa figura tan molesta del “librepensador”. No hay más.

Corolario:

Un liberal que quiere acabar con la sociedad, o reducirla a un estado de “no sociedad” que no se ha visto nunca, o sea, un libertario, es como el bombero que corta el bosque  para impedir los incendios forestales. No tiene ningún sentido.

Nota: lo de “intersubjetivos”, que yo hasta ahora llamaba cuentos chinos sin más, es un tecnicismo que saco de un libro regalo veraniego de Marod, bastante recomendable.

A veces desesperante, pero más a menudo genialmente cínico, es un buen vistazo desde la paleo-antropología y la historia, de ese fenónemo que los libertarios parecen creer que “no es nada”, y llamamos sociedad.

¡Gracias, Marod!

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