La discusión del “calentamiento global” y su ciencia me parece apasionante por muchos de sus aspectos. No son en absoluto exclusivos. Sólo son más exagerados en este campo — y por eso más fáciles de ver. Y uno de los que me parece más bonitos es el aparente problema del “sesgo de financiación”. Básicamente, el argumento principal del alarmismo climático. Ninguna crítica científica a la tesis del IPCC es válida, porque de alguna manera siempre está conectada a una “financiación bastarda”.

El argumento, tal y como se aplica con los críticos del IPCC, es falso. Porque la mayor parte de las veces no se trata de que el estudio X esté financiado por Big Oil, sino de las más rocambolescas e indirectas conexiones entre el autor y Big Oil que se puedan imaginar. Al punto de que sería casi imposible encontrar un sólo científico que no tenga “conexiones” similares. Y porque es como de Bambi soñar que la financiación “pública” (al final, casi toda) no tenga sus propios intereses y sesgos. Pero es interesante fijarse en el argumento mismo, más allá de que se aplique bien o mal. Tiene unas consecuencias nada despreciables.

Basta pensar en la sustancia del asunto: La validez de la ciencia depende de la limpieza de su financiación. Vaya, de los “intereses” del que pone la pasta. Bien, la idea puede ser cierta; pero, ¿se dan cuenta los que la proponen de lo que están diciendo sobre la ciencia? ¿Se dan cuenta de que ya no piensan en un sistema muy formal de conocimiento que se auto-corrige, sino en un cuento de buenos y malos? Y desde luego ya no dependería de nada que se pueda considerar objetivo, porque no hay nada más subjetivo que la confianza que nos den ciertos “intereses”.

El problema del cuento de buenos y malos es, como siempre, un problema de definición. Ser de los buenos o de los malos puede depender, o de las formas (p.e. el que mata es malo), o de los contenidos (p.e. los “míos” son los buenos). Si depende de las formas, los intereses ya no importan. Ya no es un cuento de “buenos y malos”, sino de los que se portan bien, o mal. Si depende de los contenidos, depende de tu opinión sobre los contenidos. Pero la ciencia debería ser lo más contrario a la opinión que existe en el mercado del conocimiento. Si no lo fuera no tendría nada especial. ¿Cuál sería el motivo de hacerle especial caso, y de reverenciar, un conocimiento que depende de la opinión?

La ventaja de la ciencia solía ser que intentaba mirar en todas las direcciones, en todo lo imaginable; hacía mediciones y “apuestas” (hipótesis); y contrastaba con la realidad (experimento) la validez de la apuesta. Pero lo que no se puede evitar es que cada opinión o interés tiende a mirar hacia un sitio, y a hacer un tipo de apuesta. Si tienes unos intereses “buenos” y rechazas los demás, te estás asegurando no mirarlo todo. Y si todavía no has conseguido eliminar por completo los demás intereses u opiniones, tampoco mejora el asunto, porque rechazas sus resultados en función de que son intereses bastardos.

Así que muy bien, vale; es posible que haya que juzgar los resultados científicos según que el que pone la pasta sea de los buenos o de los malos. Pero si piensas eso, no me pidas que me fíe de lo que llamas ciencia. Me seguiré fiando de las predicciones útiles acertadas. Y si quieres le llamamos de otra forma a ese conocimiento. Chámale X.

Nota: Últimamente se está discutiendo bastante este problema. Lo curioso es que no se discute por la especialidad a la que más le afecta, la del clima, sino a cuenta de los refrescos azucarados. A cuenta de Big Coca-Cola, en vez de Big Oil. Ahí sí están empezando a apreciar la aberración del cuento de buenos y malos. Lo destaca Judith Curry (¿cómo no?), y lo asimila al clima:

José Duarte también apunta con tino en lo de el interés “bueno” y la mirada unidireccional. En este caso, en psicología. Y el “interés” bueno / malo no depende de industria / público, sino de progre o conservador. Pero, por lo demás, es lo mismo.