La idea de “delitos de odio” es algo impulsado principalmente por la izquierda. La derecha suele tener problemas con la libertad de expresión, y con que los delitos ya son delitos por si mismos, sin necesidad de que la intención los agrave. Pero la izquierda prefiere que la intención cuente, y a través de la intención hacer que sea delito lo que no sería delito sin esa intención especialmente perniciosa. O sería mucho menos grave.

No hay mayor problema. Son dos filosofías de la vida, y hay que elegir una de las dos. Y gana la izquierda, como es costumbre. Pero, ¿qué es esa intención tan perniciosa que llamamos “delito de odio”? ¿Contra quién se dirige?

Wikipedia tiene una definición bastante limpia y neutra:

Los delitos de odio tienen lugar cuando una persona ataca a otra y la elige como víctima en función de su pertenencia a un determinado grupo social, según su edad, género, identidad de género, religión, etnia, nacionalidad, ideología o afiliación política, discapacidad u orientación sexual.

En la versión en inglés, más completa, especifica las actividades que entran en el “delito de odio”:

“Hate crime” generally refers to criminal acts that are seen to have been motivated by bias against one or more of the types above, or of their derivatives. Incidents may involve physical assault, damage to property, bullying, harassment, verbal abuse or insults, or offensive graffiti or letters (hate mail).

Pues bien, esto es un delito de odio como la copa de un pino:

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Y también cuando la misma angelical criatura impedía hablar a Rosa Díez en la Complutense, con la ayuda de Pablo Iglesias.

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¿Sería mucho pedir que esa izquierda tan sensible no tenga entre sus héroes (y cargos electos) a cafres que promueven y practican con tanto entusiasmo los delitos de odio?