En la Universidad de Nottingham está habiendo una serie de conferencias sobre el lugar de la ciencia en las decisiones políticas. Participan muchos científicos del cambio climático. Clic.

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Judith Curry también está, y lo relata:

Pero quería destacar hoy la intervención del profesor Hans von Storch. Con el que tengo un desacuerdo enquistado respecto a la forma de juzgar un conocimiento (como el “peligro” que supone el CO2),  pero al mismo tiempo un gran respeto intelectual. Von Storch será alarmista del clima, pero cuando todo el mudo ve que los modelos climáticos no funcionan, no se pone a negarlo. Al contrario; mide el problema, y después lo comunica sin enredos ni medias palabras. Pertenece a la muy rara especie de alarmista honrado, y no cafre.

El texto de su conferencia en Nottingham es este:

Señala la provisionalidad inherente al conocimiento científico. (Y no hace esta diferencia, pero tal vez debería. Cuando el conocimiento de los científicos deja de ser provisional, se  convierte en ingeniería. Y mandamos -por ejemplo- hombres a la luna y posamos artefactos a marte). Señala también que el conocimiento científico consiste en las mejores explicaciones, a la vista del entendimiento aceptado en ese momento de las dinámicas y relaciones de un sistema. Y que se considera válido hasta que no sea falsado.

Pero relaciona esta validez con los intentos de falsarlo. O sea, con la disposición a investigar -y eventualmente aceptar- hipótesis alternativas.

La ciencia está preparada a revisar sus conclusiones cuando llegan nuevas observaciones, o si aparecen contradicciones en lo que entiende actualmente. Los intentos fallidos de falsación fortalecen la validez de las explicaciones, mientras que omitir esos esfuerzos la debilitan. Intentar la falsación es un peso necesario para añadir verosimilitud al conocimiento científico.

Esto parece muy obvio, y no lo negaría ningún alarmista. Lo interesante es que crean estar facilitando los intentos de falsación … mientras llaman “negacionistas” (y a veces criminales) a los que los intentan llevar a cabo.

El capital de la ciencia, según von Storch, es la aceptación por parte del público de que la ciencia es un tipo de conocimiento superior. También obvio y poco discutible. Lo que no parecen entender los cenutrios del IPCC es la conclusión inevitable de los dos primeros pasos que acabamos de ver. Que ese capital se pierde al renunciar a los intentos de falsación; al renunciar a implementar el método científico (a la Merton, apunta vS); y usando el conocimiento para apoyar intereses sociales (o políticos) específicos.

En las ciencias del medio ambiente se ha hecho común, en las últimas décadas, explotar el conocimiento científico como un argumento clave para decisiones (políticas) específicas. Con el efecto de que el público se está haciendo “resistente” a la cacofonía; o a la última afirmación sobre esta o aquella catástrofe inminente, si no se sigue esta o aquella política.  En efecto, este es resultado esperado de un uso no sostenible del capital de la ciencia.

Von Storch ha puesto el dedo justo en el medio de la llaga. Y muy elegantemente, como suele. Y el que quiera pensar, que piense.

No insistiré mucho en mi desacuerdo con esta propuesta. Este método de juzgar la validez de un conocimiento científico, basado exclusivamente en las formas (método científico, intentos de falsación), es necesario pero no suficiente. No nos dice nada de lo cerca o lejos que esté ese conocimiento de proporcionarnos algo utilizable. Utilizable … por ejemplo para tomar decisiones con algún fundamento. O sea, capacidad demostrada de predecir.