El otro día, en un artículo imprescindible, Matt Ridley mencionaba un libro que yo andaba persiguiendo — sin saber si existía. El artículo es: The Climate Wars’ Damage to Science. Y el libro es sobre el cuento de las grasas y su imaginaria maldad para la salud.

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Venía oyendo cosas últimamente, sobre cierto cambio en el ambiente en el cuento de las grasas. Pero no lo quería investigar a pelo, como lo del calentamiento global. O sea, buscar las fuentes científicas, su defensa, su crítica, y sus predicciones; y hacerse una idea. Lleva mucho tiempo. Pero si Ridley recomienda un libro para situarse no podría haber mejor mentor.

Parece muy bueno, por lo que llevo leído. Pero resulta apasionante el paralelismo con el cuento del clima. Es por lo que lo cita Ridley. En sus palabras:

Nina Teicholz’s book The Big Fat Surprise shows in devastating detail how opponents of Ancel Keys’s dietary fat hypothesis were starved of grants and frozen out of the debate by an intolerant consensus backed by vested interests, echoed and amplified by a docile press.

Nina Teicholz lo resume así: Hacia 1.950 los médicos estaban muy preocupados por las enfermedades de corazón. Habían pasado de ser un puñado en 1.900, a ser la principal causa de muerte en USA. E hicieron la hipótesis de que se trataba de las grasas en la comida. Especialmente las saturadas, animales. Las burocracias de salud pública adoptaron y consagraron el dogma, sin pruebas. (Sin pruebas según Teicholz; yo no lo he comprobado … todavía). Y se desactivó el mecanismo normal de autocorrección de la ciencia, por el que siempre hay que estar desafiando las propias creencias. Dominó, en lugar del escepticismo, una pasión rayana en el fanatismo.

La burrocracia científica cambió los hábitos alimentarios de los americanos. Lo que no consiguió es avanzar un ápice en los objetivos que perseguía. Disminuir los problemas de corazón, que no han bajado; y la obesidad y la diabetes, que han subido notablemente gracias a sus consejos. Pero mucho.

El ambiente que describe también es calcado al de la “ciencia del calentamiento global”, o carbono-fobia. En cuanto un científico expresa la menor duda, no importa si es de los más prestigiosos de su especialidad que será vilipendiado y acosado sin descanso por una turba fanatizada. Y ven sus posibilidades de publicar y participar en congresos, por no hablar de financiación, reducidas a casi cero. Cmo, por ejemplo, todo un Lindzen en lo del clima. El mejor físico atmosférico del mundo. Los científicos jóvenes, al verlo, comprenden desde sus primeros pasos lo que les conviene pensar, si quieren prosperar en sus carreras. Al final, una hipótesis cogida por los pelos, y sin evidencia de un mínimo fuste, se convierte en un dogma de consenso total.

Hay que hacer hincapié en la idea de la ciencia burocrática, y de consenso. Porque aunque te lo vendan en nombre de “la ciencia”, lo que conocemos como ciencia y le otorgamos un gran prestigio (por ejemplo lo que va de Galileo a Feynman) nunca se ha comportado así. Las leyes y teorías científicas jamás se han defendido por el consenso que hubiera al respecto. No hasta como 1965. Se defendían por sus resultados. Newton o Einstein (etc) nunca hablaron en nombre de “la ciencia”, sino en nombre de sus resultados. Y el consenso como argumento sólo les hubiera producido carcajadas. La “ciencia” medieval, en cambio, estaba llena de consensos. Como le gustan al Papa.

Pero una burocracia es otra cosa. Aunque sea una burocracia de científicos aburocratados. Necesita el consenso, y vive de propalar verdades heredadas, sin crítica.

¿Y no tenían burocracias los científicos de cuando la ciencia no era una burocracia? Sí, sí tenían. Pero eran para apoyar a los  científicos y difundir sus trabajos, no para establecer la verdad. La verdad sólo eran los resultados.

… es una regla establecida de la Sociedad, a la que siempre se adherirá, no dar nunca una opinión como cuerpo, en ningún asunto que se le presente, tanto sea de la naturaleza como del arte.

Así funcionó la Royal Society de Londres durante sus primeros 300 años. Hasta 1.965. Opinaban los gigantes de la ciencia que si su sociedad daba su opinión como cuerpo, eso no era ningún avance para la ciencia. Lo veían como un peligro, y por eso lo prohibieron … para siempre.

¿Y sin consenso, cómo podrían tomar decisiones los políticos? Pues por una parte no meterían la pata, como parece que han hecho con las grasas. Y por otra, los aviones no vuelan por consenso. Por algo se llama conocimiento empírico, y no conocimiento consensuado.

¿Y cómo reconocemos el conocimiento empírico? ¡Coño!, hace predicciones … y acierta. Por ejemplo, los aviones no se van a caer casi nunca. Y así ocurre.