Estaba visto. Un partido político es, en buena medida, una impresión. Y daba igual que la realidad de UPyD fuera una especie de leninismo cafre, si la impresión del partido -hacia fuera- era de partido regenerador razonablemente centrista. O trasversal, o como le quieras llamar. Pero si empiezas a hacer el cafre con miembros del partido de la suficiente proyección pública, estás jugando con fuego. Porque puedes cambiar la impresión que produce el partido.

En su momento ya se la jugaron con Mikel Buesa. Pero sólo era un primer caso (de relevancia pública). Y siempre se puede pensar que, bueno, tal vez se trate de una cuestión personal; una incompatibilidad de caracteres; qué sé yo. Era suficiente con ignorar las docenas y docenas de casos similares, pero de gente con menos proyección mediática. Sin embargo, seguro que lo de Buesa quedó en el aire, a modo de una advertencia por confirmar.

Y los pequeños cafres realmente han bordado la confirmación. Imposible de superar la jugada de Sosa Wagner. Han conseguido mostrar al público todo aquello de lo que se les acusaba.

– Los insultos desabridos como automatismo de conducta.

– El autoritarismo soberbio como forma de ser.

– El engaño de la idea de “regeneración democrática”. (Sosa Wagner había sido elegido en primarias).

– La incapacidad de pactar con los similares, por parte de aquellos que proponen -nada menos- que grandes pactos de estado con los diferentes.

Unos genios.

Ya se veía lo que iba a pasar desde que, gracias a la jugada Sosa, perdieron los escasos apoyos mediáticos que tenían — en favor de Ciudadanos. Pedro J.; Jiménez Losantos; EL Confidencial; Voz Pópuli; esa línea. Y ahora parece que las encuestas dan pie a esa intuición del “sorpraso”. Clic.

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Es evidente que nadie puede asegurar que Ciudadanos no vaya a salir rana. Pero UPyD nació rana. Y lo peor es que ahora, por fin, la impresión coincide con la realidad que antes no se veía. Y la impresión es aproximadamente el todo.