Una idea que no es nueva, y es obvia, pero que hay que ir planteando para que se enteren los amigos de la UE. Una enfermedad contagiosa que tenemos. Lo esencialmente contrarios a la construcción de Europa -o construcción de nada, para eso- que son nuestros pintorescos etno-nacionalismos. Tanto me valen de Vasquilandia como de Cataluña. ¿Van a querer tener una relación bilateral con la UE, desde dentro? ¿Una unión asimétrica? ¿Derechos históricos por encima del derecho comunitario? ¿Concierto económico porque soy la más guapa del baile? ¿Competencias blinadas que la UE jamás podría soñar con tocar? ¿Que la UE ponga en su constitución que Catalonia is different, much more different than any other member? En fin, esas cosillas de estos payasos -por ahora- domésticos.

José María Ruiz Soroa lo borda. Imaginando una reunión entre el vascopiteco y los burócratas de Bruselas, en 2018. Donde se les explica a los europeos cómo va a ser el feliz ingreso de Vasquilandia en la Unión.

Sucedió un día (J.M. Ruiz Soroa / EL Correo / desde paralalibertad.org)

Bruselas. Año 2018. Los legítimos representantes del Estado vasco recién independizado del Reino de España por acuerdo mutuo aterrizan en la sede de la UE

Me lo contaron en Bruselas hace tiempo, como anécdota de café entre burócratas europeos. Sucedió allá por 2018, cuando aterrizaron en la sede de la Unión Europea los legítimos representantes del Estado vasco recién independizado del Reino de España por mutuo acuerdo. Venimos a preparar nuestro ingreso en este magnífico experimento de federalismo que es la Unión, dijeron. Porque sabrán ustedes, añadieron altivos, que los nacionalistas vascos somos de los primerísimos federalistas europeos, pertenecemos a la estirpe de los padres de la Europa unida. ¡Estupendo, entonces nos entenderemos rápido!, pensaron los bruselenses.

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Desde el punto de vista de la contrucción europea, lo más sensato probablemente sea aislar esa enfermedad, sin que salga de Península Ibérica. Tratamiento ébola, por decirlo sin demasiada sutileza.