Un ejemplo gráfico:

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Todas las ideologías implican que unos plastas te dicen lo que tienes que pensar. O incluso sentir. Pero no todas son igual de necesariamente agresivas. Algunas son agresivas a veces, y otras lo son siempre. La diferencia está en la carencia de aguante crítico de los argumentos. Por ejemplo, el socialismo, el liberalismo, y el conservadurismo, tienen muy buenas asideras racionales. Los dos primeros, teóricas; y el tercero prácticas. Podría ser que necesiten la violencia para imponerse -según los casos- pero no para existir. El nacionalismo, en cambio, no hay por dónde hacer que aguante una discusión. Se basa en axiomas sacados de la gorra, no en razones. Por eso no puede soportar la crítica; sólo funciona sin ella, por imposición.

El único amago de argumento que tiene el nacionalismo es el del tipo que llaman “ningún escocés verdadero” [–>]. Una falacia como la copa de un pino, claro. Y con la introducción de la coletilla “verdadero” ya están atacando a un porcentaje muy notable de los catalanes. Normalmente mayoritario, aunque todavía no se den todos por aludidos.

La pregunta sería; ¿si ahora que somos todos tan progres y buenos chicos, y proponemos innumerables leyes contra todas las violencias, por qué nunca se nos ocurre incluir el nacionalismo junto con las demás odios a prohibir?  Somos unos progres muy rarillos. Por inconsecuentes, vaya.

Nota para nacionalistas asnos — además de nacionalistas: Nacionalismo no es “querer a tu país”. Mucho menos es “querer a tus paisanos”. Como se ve en el ejemplo de arriba -y en todos los ejemplos, todos los días- nacionalismo es querer que tus paisanos quieran lo mismo que tú. Hasta el grado de violentarlos o expulsarlos de la tribu, si es necesario. Y siempre es necesario. Una enfermedad social, se mire como se mire.