Los adoradores de unicornios luminosos son tan apasionantemente contradictorios, que ya ni nos fijamos. Pero merece la pena, a veces.  Es instructivo.

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Comparemos dos problemas que igualmente se pueden enfocar desde la iniciativa privada, como pública, o una mezcla de ambos. Podríamos llamarle las dos pobrezas: material e intelectual.  Y en los dos casos parece razonable plantear un ideal por el que un país, una vez alcanzado cierto nivel económico, puede establecer un mínimo de pobreza en los dos aspectos. Mínimo, en el sentido de que si se alcanza, interviene para evitarlo. Por ejemplo, no permite que haya gente muriendo de hambre por las calles (les da de comer antes de que eso pase), y no permite que haya analfabetos (educación mínima obligatoria).

Salvo algún liberal de esos ultra ideologizados y radicales, la inmensa mayor parte de la gente está de acuerdo con el planteamiento.  Pero esas soluciones se pueden hacer de formas muy distintas, y con consecuencias casi opuestas. Y la principal diferencia es la que podríamos llamar bocata o dinero. Para que no te mueras de hambre en la acera, te puedo dar un bocata, o te puedo dar dinero para que compres un bocata.

Ya llegamos. La pregunta es por qué los adoradores de unicornios luminosos son tan radicalmente opuestos a la solución dinero en el caso de la pobreza intelectual, y tan radicalmente opuestos a la solución bocata en el caso de la pobreza material. La mera idea del cheque escolar hace que se pongan de los nervios, y en cambio siempre están tratando de plantear la propuesta de una “renta universal”.

La solución bocata debería ser mucho más barata si intervienen economías de escala. Salvo cuando tiene más peso la ineficacia habitual de lo público. Y la solución dinero debería proporcionar una distribución de decisiones (libertad) incomparablemente mayor. También parece probable que la falta de libertad (solución bocata) proporcione más estímulos para dejar de usar esa ayuda pública. Porque a la gente le suele gustar poder elegir, a poco que tenga medios para hacerlo. Y porque no siempre es fácil saber quién tiene medios, y está pidiendo la ayuda sin necesidad — en un fraude. Y si la “solución bocata” implica que te doy el bocata, pero te lo comes en ese momento, entonces ya no es tan fácil que comas lo que te apetece, porque ya has comido. Bocata es una metáfora, claro. Se supone que hablamos de las necesidades materiales básicas: techo, ropa, comida.

También habría que distinguir entre las soluciones posibles y las imposibles. Preferiblemente sin teorizar; basta con poner ejemplos. Y si no hay ejemplos, sea porque a nadie se le ha ocurrido, o sea porque nadie ha podido, ya tienes disparadas todas las alarmas de que estamos hablando de unicornios luminosos.

Como quiera que sea, parece evidente que se trata de dos líneas de soluciones distintas, con consecuencias muy diferentes. Habrá quien piense que las soluciones pueden convivir. O que se pueden probar, y ver cuál resulta mejor. Pero el que rechaza de antemano y radicalmente una de las dos posibilidades, probablemente no está -sólo- tratando de arreglar un problema, sino de usar el problema para desarrollar su ideología. Por ejemplo, en el caso de los defensores del cheque escolar la ideología es evidente. Se llama libertad. Y en el de sus enemigos, también. Se llama totalitarismo. Más difícil es lo de la “renta universal”, porque lo que no puede ser es imposible. ¿Se llama demagogia?