Ya siento; esta entrada es de la siempre antipática sección “te lo dije”.

Cuando salió la idea de Escaños en Blanco, algunos le dimos aire aquí. Pero en general  casi nadie le vio ningún valor.  Tanto aquí como en todas partes. Para mi estupor, porque a mi me parecía una de esas soluciones sencillas y brillantes que te da rabia que no se te hayan ocurrido a ti mismo. Por lo fácil, vaya. ¡Estaba ahí delante, y no lo he visto!

De cajón.  El sistema iba a petar por algún sitio. Y todo el mundo lo sabía y lo estaba esperando. No podía seguir esa tensión entre un polo robando la teta pública  a manos llenas, y otro polo sin lo mínimo. De hecho, lo que sorprendía hace poco a la mayoría de comentaristas era la ausencia de violencia en la calle. Y un comentario común por lo bajinis era que el paro no podía ser tan grande como dicen los números oficiales. Porque parecía imposible que no se notara en forma de algaradas y asaltos, en ausencia de una dictadura feroz para contenerla.

Los políticos no van a dejar de robar, en un sistema diseñado para robar. Ni mucho menos van a aplicar las políticas necesarias para una sostenibilidad económica, porque los votantes descerebrados por los derechos y el buen rollito no se lo van a permitir. Así que no era una cuestión de preguntarse cuándo va a estallar el invento, sin cómo.

Y cuando una presa va a saltar, y no para de llover, tienes que desviar la presión hacia donde menos duela. Y esa era la gran ventaja de la idea de Escaños en Blanco. Una válvula relativamente poco dolorosa. Más grave para la mamoncracia, pero no tanto para el país.

Los votos en blanco cuentan como votos, y sus escaños correspondientes se quedan vacíos. Sin culo de político sentado encima.

Tan simple como eso. Pero tan demoledor. Porque mientras sea un porcentaje pequeño, no pasa nada. Nada malo. Por ejemplo, un 10% menos de culiparlantes sentados en el parlamento. Más higiene, y menos gasto. Pero si crece, empezaría a no haber “quorum”, o a ser mayores las abstenciones que los votos a favor de una ley. Sólo habría que afinar un poco los detalles de las consecuencias de los escaños vacíos en las votaciones. Todo fácilmente configurable en una ley de Escaños en Blanco.

En todo caso, la amenaza de paralización (que no derribo) del sistema político es acojonante. Y necesariamente abrumadora para la mamoncracia. De repente no pueden hacer casi nada. Y la única solución de los mamóncratas sería convencer a la chusma cabreada para conseguir que les vote. Serían los primeros en lanzar a la hoguera pública a la mitad de los suyos, en una especie de sacrificio para calmar a los dioses. Es una forma de tener a los políticos agarrados por los cataplines, una vez que el enfado es suficiente, y ya no te engañan con los cuentos de buenos y malos.

Pero en general, los pocos que vieron lo de Escaños en Blanco pensaron que era demasiado “revolucionario”. Que es como protestar por la válvula de presión de la olla exprés. Y ahora nos vamos a enterar de lo que vale una “revolución”, en la que los anafabetos se fijan en los cromos, para cambiarlos, en vez de fijarse en el sistema. O en la que los cabreados lo están tanto, que el suicidio colectivo [–>] les parece una opción atractiva.

Y mira que era fácil. Si no votarles no sirve para joder a los mamones, se acabará votando a lo que nos joda a todos. Ya  que es la única forma de joder a los mamones; sea.

Nota: Ya, ya sé que hay “regeneraciones” mejores. Circunscripciones uninominales, elección de candidatos por primarias reales (no como UPyD), separación de poderes, etc, etc, etc. Todo eso está muy bien. Pero el país de Alicia en la Telebasura es perfectamente incapaz de comprenderlo. En todo caso, ya es tarde. Incluso para Escaños en Blanco. La jauría ya ha olido sangre.