Los niños deben de tener dificultades para cuantificar. Algo así como los patos, que solo saben contar hasta tres. Uno, dos, y muchos. Por eso a los niños se les explica las cosas en términos absolutos. Sí / No. Por ejemplo, limpio / sucio; kosher / no-kosher; etc. Si no saben cuantificar, que es lo mismo que no tener perspectiva, no se les puede explicar el mundo al modo que lo hacía la ciencia antes de hacerse posmoderna. Con aquellas máximas tan prudentes, del tipo de -no hay venenos; hay dosis- o de -no existe “limpio”, solo hay nivel tolerable de mierda-. Todos hemos tenido que recurrir al -niño, caca-.

Pero esa visión del mundo para niños tiene dos versiones completamente funcionales en el mundo de los (supuestos) adultos. La religión, y la ideología. Pecado, facha, etc. Donde a los niños supuestamente adultos no se les explica que hay prácticas de riesgo estadístico, que generalizadas conducirían al desastre, sino algo llamado “el mal”, que es absoluto e independiente de dosis o circunstancia. Cosa de no tener que pensar, ni medir.

Hasta hace unas décadas, cuando una versión de la ciencia (la ciencia posmoderna) ingresó en la categoría de los cuentos para niños. Y es por eso por lo que solemos cometer el error de llamar religión, por ejemplo a la carbono-manía. Los calentólogos del fin del mundo por achicharramiento global.

El esquema es claro, y es igual de cuento para niños que la religión o la ideología. Pero es otra cosa.

– El CO2 contribuye a hacer la tierra más caliente.

– Estamos aumentando el CO2.

– Luego producimos calentamiento.

Sí, querido carbono-maníaco. Pero, ¿cuanto calentamiento?

Y no lo entienden. No entienden la relevancia vital de la pregunta. O es pecado, o no es — en el mundo de los niños. Y ahí se produce una desconexión insuperable. El adulto no entiende que haya que explicar una pregunta así. Y no la explica. Y el niño no entiende la pregunta, puesto que calentamiento es pecado. La “metáfora del pedo” está pensada para evitar esa desconexión. Para que lo entienda hasta un niño.

– Tirarse pedos es muy malo. Niño, caca.

Depende. Es muy distinto tirarse un pedo en el aula, durante la clase de matemáticas, que hacerlo cuando estás dando un paseo, sólo, por el monte. Dosis, contexto, etc. Hacer del asunto algo absoluto puede conducir a serios problemas físicos.

Queda en manos del sorprendido lector buscar otros casos de utilidad para la metáfora del pedo. Los hay a patadas. Pero, siguiendo la misma línea de pensamiento, se sugiere que ni siquiera esta meáfora conviene tomarla en grado absoluto, sin contemplar la cantidad de enemigos que es capaz de producir. Porque los niños suelen decir que quieren hacerse mayores, pero casi nunca es verdad.

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