Ya me estoy mosqueando un poquito con los ateos militantes. Especialmente los que militian contra la religión, pretendidamente desde la ciencia. Aquí nuestro amigo Rawandi es un ejemplo. Pero te tropiezas con muchos.

Por ejemplo, esta idiotez (click para fuente):

ciencia-religion

Comparar peras con manzanas no es la actitud más científica que se puede tener. Y las motivaciones y objetivos de la ciencia y la religión son muy distintas. Además, cuando dicen “ciencia” probablemente creen que te refieren a lo que llamaban ciencia los grandes físicos del siglo pasado, pero probablemente buena parte de lo que hoy pasa por ciencia no encaja en esa visión.

Lo curioso es que aquellos grandes científicos del siglo pasado no tenían ningún problema con la religión, ni se les pasaba por la cabeza comparar ciencia y religión, y a muchos hoy sí. ¿Por qué? Yo creo que es porque ahora entran en conflicto cuando antes no entraban.

La religión no pretende comprender (ni mucho menos estudiar) la naturaleza y el mundo. Sí pretende hacer mejor la sociedad de los humanos, al menos lo que entienden por mejor. No es necesario estar de acuerdo con su idea de “mejor”, para darse cuenta de que pretenden lo que creen mejor. Y en esa idea de lo mejor para el mundo se basan principalmente en algo que es muy científico. La tradición. Son cosas que se han probado durante siglos, y han funcionado. En ese sentido es experimental; ciencia. Proponen lo que ya está probado en el laboratorio de la supervivencia. No son ideas que puedan descomponer una sociedad, porque ya lo hubieran hecho hace siglos. Sencillamente, nos guste o no, está comprobado que funcionan. Pero mejor que ciencia, podríamos decir que es buena ingeniería. Más que comprender, hace – y con control de calidad.

Dentro de ese “orden social” necesitaban explicar el mundo. El hombre se hace preguntas por naturaleza, y la religión proporciona las respuestas. Buenas respuestas, además, porque forman un círculo cerrado, sin fisuras. Literalmente un cuento. Pero es que esos ingenieros que acarrean una sabiduría de siglos, saben que la sociedad necesita cuentos.

La ciencia antes se dedicaba a comprender cómo funciona la naturaleza. Y aunque también necesitaba sus propios cuentos (toda explicación lo es en cierta medida), tenía a gala hacer siempre cuentos provisionales. Con estos datos y conocimientos que tenemos -por ahora-, el cuento es este.

Al inicio de la ciencia hubo choques. Los cuentos eran incompatibles. Pero separaron los nichos de operación. La religión se quedaba con los cuentos que influyen en cómo debe de comportarse la gente, y la ciencia en aquellos que explican cómo se comportan las cosas. Cada uno en su mundo. El cuento religión redujo mucho su ámbito, y aceptó que muchos de los relatos ancestrales eran metáforas, no historias literales. Todos contentos, y funcionaba.

Pero algo ha cambiado en el último cuarto del siglo pasado. Y el Sagan de la foto es un buen representante del cambio. Por una parte los científicos y la gente aficionada a la ciencia, y los intelectuales y así, pensaron que la ciencia iría arrinconando a la religión, que desaparecería suavemente. Yo también lo creía. En su formidable ignorancia no se dieron cuenta de que a una sociedad no le valen los cuentos provisionales. Y que la ciencia no es ningún consuelo. Después de todo la ciencia es lo que no sabes; cuando ya sabes, ya es otra cosa. Por ejemplo, ingeniería. Y por otra parte, sea por su hermanamiento con los políticos (a través de la teta pública), sea porque han alcanzado una posición de prestigio y poder que quieren ejercer, la ciencia parece haber decidido cambiar de campo. Ahora también quiere, como la religión, decirnos lo que tenemos que hacer.

Yo creo que por eso hay ahora tantos cientificoides que atacan a la religión. Se han convertido en competencia directa. Pero lo que no vale es la frase del tonto de http://www.diosesunarisa.com.ar/. Porque no es verdad, ya no, lo de que “puedes tener toneladas de evidencia, y aun así debes dudar”. Mucha de la ciencia ahora pretende proporcionar verdades absolutas, sin duda alguna, apoyadas en unas evidencias que ésas sí que son una risa. Y con esas “verdades” pretenden hacer unos cambios sociales que no han pasado por el laboratorio de la experiencia. A veces es una actitud muy peligrosa, pero noble. En el sentido de que creen en ella. Otras veces solo le están dado a los poderosos el cuento que estos necesitan.

¿Ciencia contra religión? ¡Un puto cuento!