Se llaman climatólogos, o “climate scientists“, pero no es cierto. El objeto de su ciencia no es el clima, aunque lo usen parcial y sesgadamente. Lo que estudian es el efecto que causa el hombre en el clima a través de las emisiones de CO2. Y eso debería llamarse “ciencia del calentamiento global”, o “ciencia del calentamiento antropogénico”. Entre amigos, “calentología”. Y parece una ciencia absurda, ya de origen. ¿Cómo se puede pretender saber el efecto de algo en un sistema muy complejo, sin conocer ese sistema? Haciendo como que lo conoces. O sea, sobre un sistema imaginario. El resultado, evidentemente, solo puede ser imaginario.

Un ejemplo. Si Hansen ve que con los datos más recientes los océanos no están absorbiendo tanto calor como necesita la teoría calentóloga, de ningún modo se le pasa por la cabeza que pueda haber un fallo en la teoría, sino que concluye que el efecto de enfriamiento de los aerosoles debe ser mayor del que habían pensado. Pero ese deber ser no se basa en absoluto en observaciones, sino simplemente en la lógica calentóloga. Es el desconocimiento del sistema lo que permite que la teoría se mantenga en pie, pase lo que pase. Siempre hay parámetros con el suficiente margen de maniobra (incertidumbres) como para no necesitar cambiar la teoría. Fundamentalmente los aerosoles, las nubes, y la difusión de calor en los océanos (the heat “in the pipeline”).

Lo que no nos solemos dar cuenta es que la teoría no ha cambiado nada desde que nació, hace 32 años. A pesar de ser exactamente el campo de la ciencia en el que más se ha invertido en toda la historia de la humanidad.

En 1979, las National Academies USA (básicamente la National Academy of Sciences – NAS) reunía un grupo con el propósito de estudiar el CO2 y el clima, que produjo el primer gran informe de la calentología:

Carbon Dioxide and Climate: A Scientific Assessment (1979):

When it is assumed that the CO2 content of the atmosphere is doubled and statistical thermal equilibrium is achieved, the more realistic of the modeling efforts predict a global surface warming of between 2°C and 3.5°C, with greater increases at high latitudes. This range reflects both uncertainties in physical understanding and inaccuracies arising from the need to reduce the mathematical problem to one that can be handled by even the fastest available electronic computers.

La amplitud del rango (2ºC – 3,5ºC) se debe, según dicen, a las incertidumbres en el conocimiento de los procesos físicos, y a la capacidad de computación de la época. Han pasado 30 años de intensa y exitosa investigación física y teórica, y de avances espectaculares en la capacidad de computación, tras montañas de miles de millones de dólares. Lo que nos ha situado en la versión actual de la ciencia calentóloga:

IPCC AR4 (2007):

The equilibrium climate sensitivity is a measure of the climate system response to sustained radiative forcing. It is defined as the equilibrium global average surface warming following a doubling of CO2 concentration. Progress since the TAR enables an assessment that climate sensitivity is likely to be in the range of 2 to 4.5°C with a best estimate of about 3°C, and is very unlikely to be less than 1.5°C.

Borrador IPCC AR5 – 10.8.2.5 (2012):  

In conclusion, estimates based on observational constraints continue to indicate that it is very likely that the equilibrium climate sensitivity is larger than 1.5°C. New evidence continues to support from observations the overall assessment (Chapter 12, Box 12.2) that the equilibrium climate sensitivity is likely in the range from 2°C–4.5°C. Uncertainties are better understood than at the time of AR4, and some new lines of evidence have emerged.

Lindzen, que participó en los primeros informes del IPCC, suele decir que tenían el resultado antes de siquiera empezar a investigar. Y no es ningún resultado casual, sino que está elegido con mucha precisión. Lo explica Donald Rapp en el blog de Curry  [–>]. Rapp es en parte científico (físico químico), y en parte ingeniero de tecnología espacial

Aunque se han hecho muchas estimaciones, el valor usado frecuentemente por el consenso es ~3°C. Es un valor “adecuado”. No tan grande como para perder credibilidad, ni tan pequeño como para como para resultar benigno.

Añade Rapp:

Huybers (2010) continúa diciendo:
“Los valores más recientes reportados de la sensibilidad climática no se han desviado sustancialmente. La implicaión es que los valores de la sensibilidad climática están, en cierto sentido, ajustados (tuned) para mantener la convención aceptada”
Traducido a términos simples, la implicación es que los modelistas del clima han sido fuertemente influenciados por la primera estimación de 1979.

Los modelistas han elegido compensar sus muy variadas estimaciones de la sensibilidad climática adoptando un valor para el efecto de las nubes (que se desconoce) que compense la sensibilidad, y así mantienen la estimación de la subida de temperatura en los límites preestablecidos en sus mentes. Si no lo hubieran hecho, la variación en la estimación de temperatura sería mucho mayor. Y así, han impuesto a los modelos sus nociones preconcebidas de la temperatura que se puede esperar, para hacer que el resultado sea “bueno”.

Solo de esta forma se puede entender que confiesen grandes incertidumbres en aspectos básicos y claves del sistema, y que a pesar de ello mantengan las mismas predicciones después de 32 años, y montañas gigantescas de dinero invertido. El resultado es el mismo, y los problemas siguen siendo los mismos que en 1979. Aerosoles, nubes y océanos; y la capacidad de computación. La ciencia de la calentología no cambia, tras mucho avanzar. Y es el único caso conocido de una ciencia de frontera que no cambia en esas circunstancias. La conclusión, obvia, es que no se trata de una ciencia, sino de un prejuicio.