En UPyD se enfadan, y ofenden a quien ose llamarse también Rosa Díez.

Eran (éramos) “el partido que nació en internet”. Lo más moderno y revolucionario. Pero para los listos, internet es sinónimo de gratis, no sinónimo de participación. Y se tenía que notar; ¡vaya si se nota!

Primero cerraron los blogs originales de Basta Ya, de los que tan orgullosos se sentían. Estaban muy bien para atraer personal en un principio, aprovechando el prestigio del esfuerzo contra el nacionalismo y el terrorismo de la gente de BY. Y el de Savater. Pero para partido político no servían. Tenían muy malas costumbres, como la participación, y como poder preguntar. ¿Pero qué pasa cuando no se puede contestar a las preguntas incómodas, porque se acaba viendo el plumero? Que hay que cerrar, para luego abrir un búnquer protegido de las inclemencias de la transparencia.

Después toda la historia conocida de re-je,je-neración democrática. Y ahora parece que acosan e insultan a alguien que ha cometido el pecado de llamarse también Rosa María Díez. Ante las elecciones, claro, que es lo único para lo que les interesa internet. Le quieren quitar el nombre, porque Rosa sólo hay una; la más grande, la divina.

¿Qué haríais si un partido politico te acosara por Redes Sociales por no cederles una cuenta en Twitter para sus fines electoralistas?. Pues me ha ocurrido.

Lo cuenta Rosa Díez (la otra), que afortunadamente ha salido hueso duro, y no se deja aplastar por la habitual prepotencia de los políticos.

Todo ello gestionado por un viejo conocido, Fernandot, que ha conseguido calcar el estilo Gorriarán – Díez.

UPyD en estado puro. La extrema mierda.

Y encima, para esta pobre Rosa María Díez la historia no es nueva:

– Yo tenía el dominio, hace años, rosadiez.es. De un día para otro, el whois de mi dominio apareció cambiado. Ya no era mío, adivinad a quien pertenece ahora. ¿Y a quien me iba a quejar?. Red.es era juez y parte en el asunto.

Solemos llevarnos las manos a la cabeza al pensar que un peligro público como Rubalcaba haya sido ministro del interior. Pero, ¿os podéis imaginar – aunque solo sea en un momento de pesadilla pasajera – al Gorri en el mismo puesto?