Álvaro Ballesteros

Hace exactamente diez años, el 11 de septiembre de 2001, amanecí en Minsk, la capital de Bielorrusia. Había concluido mi misión de observación de las elecciones presidenciales en una de las peores dictaduras de Europa y esa misma mañana me disponía a volar a Viena y de allí a Madrid. Al llegar al aeropuerto en la capital austríaca recibí las primeras noticias sobre los ataques en Nueva York y Washington. Nada estaba claro en ese momento y era difícil creer que pudiese tratarse de un ataque terrorista dada la magnitud del atentado. Es curioso cómo a pesar de haber visto tantas barbaridades, nuestro cerebro sigue manteniendo por unos instantes esa virginal pose que le impide aceptar que el ser humano pueda ser tan malvado. Al llegar a Madrid ya estaba todo más claro: el mundo había entrado en una nueva dinámica de relaciones internacionales. Tan solo unas semanas antes, en Macedonia se acababa de firmar la paz entre las etnias enfrentadas y yo me disponía a partir hacia allí, llevando mi vida de nuevo en mis legendarias dos maletas. Había estado en Nueva York hacía tan solo unos meses y nunca me hubiese podido imaginar una escena como la del 11-S de aquel mismo año.

Ha pasado toda una década y mi vida no cabe ya dentro de dos maletas.

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