Ya sabíamos que lo de “normalizar” es un saco donde cabe cualquier cosa, pero cuya esencia es hacer tragar a los demás lo que a mi me peta, si soy un etarra. Pero como es variable, según el capricho del momento, conviene estar al loro de los últimos significados de la “normalización”, para saber lo que te van a intentar encalomar los angelitos. Y este fin de semana ha sido generoso en patitas de lobo asomando bajo la puerta. Entre el Ayuntamiento de San Sebastián, – gracias, Faisán, gracias, Pascualone – y la tenida por los derechos de los asesinos, el último grito en normalización ha quedado bastante bien explicado.

Dos ejes:

  • El maldito vascuence, que quieren hacer “funcional”.
  • Los malditos asesinos, para los que quieren amnistía, y el trato de “víctimas” para sus familiares.

Eso parece ser, en este momento, la “normalización” de Vasquilandia. “Normalización” que suelen unir, como de birli birloque, al concepto de paz, que según los recogenueces es lo que necesitamos. Algo así como si quieres paz, “normalización”. Exigen, por ejemplo …

… los pasos necesarios para la “normalización política y pacífica de Euskal Herria”. Y que “los familiares de presos se puedan tratar ahora como víctimas también”. [–>]

La normalización, entonces, debe ser que los familiares de un asesino especialmente repugnante, puesto que asesinó sin necesidad (son ellos los que dicen ahora que no hace falta), son víctimas … ¡de las víctimas del asesino! Vamos a ver, muchachos. ¿No os habíais embarcado en una guerra contra el estado opresor? ¿Desde cuando los soldados voluntarios de una guerra, o sus familiares, son las “víctimas” de esa guerra? ¡Ah, sí!, en el muy normal mundo de Vasquilandia Tremebunda.

No, no cuela, y no pensamos “normalizarnos”. Ya sabemos que es la vuelta de tuerca de la doctrina Zapatero / Ruby / Pascual, según la cual los asesinos no son asesinos, sino pobres gudaritos a los que no les quedaba maś remedio que serlo. Y que para eso hace falta que las verdaderas víctimas no lo sean, porque entonces sus asesinos serían asesinos, ¡que horror! Y si no se puede hacer que las víctimas no sean víctimas, porque canta demasiado, entonces todos víctimas, que es lo mismo que nadie víctima. ¿De verdad nos habrán tomado por tan tontos? ¿De verdad se estarán tomando a sí mismos por tan subnormales? Pero sí, ese es el truco: normalización = socialización de la anormalidad, en expresión que ha de ser de su gusto. Para no ser ellos anormales, todos anormales. Lo dicho, nein.

Del vascuence, mejor hoy no hablar, que nos enrollamos. No voy a entregarme a la kremlinología de desentrañar lo que quieren decir por “hacerlo funcional”. Básicamente que lo use todo el mundo, quiera o no quiera. Pues tampoco. No me voy a poner a hablar y a estudiar en una lengua marginal, abandonada voluntariamente hace siglos por muchos de mis antepasados, para que dejen de pegar tiros. Asumo mi parte alícuota de riesgo, pero que los metan en la cárcel, y sin amnistías.

Que se normalice su abuela. Y si consigue hacer de los nietos algo un poco más normal, mucho mejor.

Nota: Puede haber quien se mosquee por mi uso del termino “Vasquilandia”. No hay motivo, porque resulta que una de las características de la fantasiosa nación de los siete mil años, que nunca ha existido, es no tener nombre. O tener un nombre que va cambiando con el tiempo, y con las distintas discusiones entre sus muy variados y esforzados “patriotas”. Yo por ejemplo, en sólo una vida y no muy larga, les he visto referirse a “Vasconia”, “Euzkadi” / “Euskadi” (con tremendas discusiones al respecto), y Euskalherria. Arana, el padre de la criatura, empezó hablando de “Bizcaia”. Y aun estos días he oido a los patriotas de las pistolas referirse al objeto de su anhelo con un “eso que llaman Euskadi”, en despectiva referencia al nombre preferido por  los patriotas recogenueces. ¿Así que si ni siquiera se ponen de acuerdo ellos, por qué coño me voy a poner de acuerdo yo? ¿Si ellos le pueden llamar como quieran, por qué yo no? O sea, Vasquilandia.