Cuando vi el primer ordenador de sobremesa lo primero que pensé es que estaba ante el juguete más prodigioso de toda la historia de la humanidad. Luego ha ido mejorando, y todavía más. Y ahora, para colmo, lo han metido en el bolsillo.

Este último salto he tardado en pillarlo, porque ha venido de la mano del electrodoméstico que más odio: el télefono. Ese aparato impertinente que pretende que le hagas caso solo porque tiene la capacidad de molestarte con su ruido. Mi reacción natural con las alarmas, cuando suenan, es apagarlas; para poder pensar. Pero con el teléfono no funciona; insiste.

Total, que la increíble miniaturización que ha sufrido el juguete mágico para pasar de la mesa al bolsillo, viene acompañado de algunas nuevas funciones bobaliconas, aparte de la francamente molesta de las conversaciones de voz. Tipo fotos, video, gps y chorradas así. Y la gente piensa que tiene un teléfono “con cosas”. Se equivocan de cabo a rabo; lo que tienen es un juguete con el incordio del teléfono añadido. Y yo me he dado cuenta básicamente gracias a Santiago y su “Cacharrería” [–>].

Cuento todo esto a modo de disculpa. Me acaba de llegar el monstruo, e inevitablemente se tiene que notar los primeros días en la plaza, por falta de productividad. ¡Que produzca otro!. ¿Voy a ponerme a pensar en vascopitecos y payasos teniendo esto entre las manos?  La parte buena es que cuando lo tenga dominado podré producir desde la punta del árbol, o desde la incursión de caza. Eso si, os leo todo el rato, a saltos.