Sigo dándole vueltas, y me sigue gustando. Mi idea de proponer un rechazo y ostracismo social a los políticos, mientras no se comporten, es una estúpida ingenuidad. Aquello de negarles la entrada en los sitios guay de la ciudad. No hay más que ver cómo pierde los papeles el personal, y el rebaño entero, porque resulta que ha llegado a España una Robinson negra (*) que resulta estar casada con el presidente USA.

Somos una pandilla de paletos mitómanos, y nos derretimos ante cualquiera que salga por la tele. Y cuantos menos méritos se le conozcan, mejor; eso nos da mayor oportunidad de identificarnos con el figura. Nada que hacer por ese lado. Podemos despotricar todo el día de los políticos, que si nos encontramos uno de los peores en un chiringuito playero por la noche, nos bajaremos los pantalones sin rubor con la esperanza de nos porculee, o por lo menos de que nos sonría. Y ya se sabe lo que quiere decir un mamón cuando sonríe. Vótame, que te vas a enterar.

Pero robarle escaños a los mamoncetes puede que sea un plan atractivo incluso para el más recalcitrante adorador de telefiguras. Porque seguramente intuyamos que es la forma de que nos sonría mucho más, y eso es al final lo que nos pirra.

También hay otro punto de vista. Los jetas de la mamandurria usan sin parar una estrategia que se ha demostrado formidable. Dividen a la sociedad en buenos y malos, muy artificialmente, y consiguen que la gente vote como quien apoya a un equipo de fútbol. Sin fijarse en la política y en sus consecuencias; solo apoyando “a los suyos” en contra de “los otros”. Los ZoPencos contra el franquismo que no existe. Los nacionatas contra unos “españolazos” imaginarios. El PP (antes de irse de vacaciones) contra el “eje del mal” de Bush. Y cada autonomía contra las demás.

Funciona. La gente les acaba votando, aunque no les guste, para que no ganen “los malos”. Pero no sería ninguna mala idea combatir esa estrategia aplicándoles su propia medicina. La gente contra los políticos, ergo … ¡quitémosles los escaños!

Hmmm, creo que me sigue gustando.



(*) Lo de definirla como, o resaltar lo de “negra”, es cosa suya:  Su primer escrito conocido (la tesis de graduación) se titulaba Princeton – Negros educados y la comunidad negra [–>].