Ley de economía sostenible, le llaman, y no sabíamos qué es lo que sostenía. Ahora lo sabemos. Sostiene los derechos de cierta propiedad intelectual de artistas subvencionados, por encima de los derechos de los mortales. Y mediante un tribunal especial al que, según el Tribunal de Estrasburgo, no le cuesta gran cosa perder la imparcialidad. Y cuando la pierde, eso no lo puede corregir el sistema judicial español. El tribunal de Garzón, podríamos decir. Un tío que puede compadrear con políticos, y luego insruirles. O compadrear con financieros, y luego desechar la causa. O tener al gobierno prendido de las pelotillas con extraordinarios faisanes, y avanzar o dormir eternamente, depende.

Al régimen de Franco le preocupaba especialmente el orden público, y tenía su tribunal especial. El TOP. Al gobierno de Zapatero le preocupa especialmente la vida y milagros de ciertos artistas de la pista, y va a usar un tribunal de relativa justificación (hasta ahora), y práctica no poco polémica, como tribunal especial. Sin que ninguno de los motivos que justifican la existencia de la Audiencia Nacional sea aplicable al caso. Y cuando entramos en el esquema de tribunales especiales para aquellas cosas que interesan al gobierno, ya sabemos donde estamos.

Los artistas de la pista sabrán lo que hacen, y lo que quieren. Y si quieren hacer incompatible la democracia con la defensa de sus derechos de propiedad intelectual, la plebe debería de tomar buena nota de las consecuencias de esos derechos, y elegir si quiere democracia, o quiere artistas de ese tipo.

Pero que conste la lógica de merluzo de alguno de estos propietarios tan intelectuales. Como por ejemplo Muñoz Molina. Le discute [–>] a Rodríguez Ibarra:

El señor Rodríguez Ibarra, como tranquilo jubilado, nos informa de que, aparte de comprar naranjas, también va a un parque y se sienta en un banco y mira a una estatua. Al señor Rodríguez Ibarra le parece incongruente que alguien quiera cobrarle por mirar la estatua. Al señor Rodríguez Ibarra que le quisieran cobrar por mirar la estatua le irritaría tanto como que hubiera que pagar para sentarse en el banco. Hay que pagar, no obstante. Impuestos. Por sentarse en el banco, porque haya una estatua hacia la que mirar y por tener un pavimento adecuado para que puedan caminar por él sin peligro las personas jubiladas o no, y para que exista una policía que, en caso de que un escéptico sobre los derechos de propiedad quisiera robarle con malos modos al señor Rodríguez Ibarra sus dos kilos de naranjas, persiga al delincuente.

Este es, al parecer, el estilo y el cerebro al que conduce disfrutar de monopolios. Despreciar a Ibarra por jubilado, como si eso quitara razón a su argumento. Y confundir un bién público [–>] con un bien sujeto a propiedad intelectual, sin entender nada. Pues habrá que explicárselo a ese no jubilado cuya no jubilación no parece producirle ninguna inteligencia especial: Rodríguez Ibarra ya paga por el mantenimiento de internet a su proveedor de conexión. Y ya paga impuestos para mantener las redes en condiciones. Y con toda la razón, no quiere pagar por mirar la estatua, aunque no protesta por pagar por el mantenimiento del parque. Son conceptos bien distintos, cuya diferencia está fuera del alcance de la inteligencia algún intelectual muy pro propiedades especiales.

Lo que no quieren entender ni los Molina, ni los Reyes del Pollo Frito, es que, efectivamente, cobrar por esuchar una copia digital de una canción es exactamente lo mismo que cobrar por mirar una estatua. Lo que hace la diferencia es una ley, un monopolio realmente, que se instituyó no hace tanto porque se pensaba que era mejor para la sociedad. Y si las circunstancias cambian y la defensa de ciertas propiedades intelectuales necesitan aberraciones jurídicas como tribunales especiales y arramplar con los derechos más normales, como si se tratara de terrorismo, entonces es el momento de pensar si merece la pena mantener esos monopolios; o si no será mejor acabar con ellos.

La “propiedad intelectal” no es una propiedad normal. Si Ibarra se come una naranja, Muñoz Molina no se la puede comer después. Y si habita una casa, posiblemente no quiera compartirla con argumentos de merluzo. Pero si escucha una canción, lo mismo que si mira una estatua, ni le quita a nadie ni un ápice del mismo uso y placer.

¿Será esto demasiado fuerte para la neurona de Muñoz Molina? ¿O será que no quiere que tengamos la oportunidad de examinar si los monopolios que tanto le gustan, nos interesan, o nos interesa más eliminarlos? Lo mismo que se pusieron, porque parecían convenientes, se pueden quitar por las aberraciones que producen. ¿Se entiende ahora, señor académico?

¿Economía sostenible? ¿Se agotan los recursos intelectuales y no va a llegar para las generaciones futuras? Con tanto payaso nos vamos a hundir, pero no se puede discutir que resulta muy entretenido.



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