No te voy a mandar los textos prometidos, querida psicóloga. Me equivoqué; no le veo sentido.

Porque me parece que no importa si está cuerdo, o como una puta cabra. O si está en pleno desarrollo de una neurastenia imperial. La explicación de cual es el impulso interior que le lleva a hacer lo que hace no explica nada. O nada de interés. Porque si no fuera él, sería otro. Siempre hay un cabrón a mano que encuentra el lugar adecuado para hacer exactamente lo mismo. Y a menudo es el hueco, la posibilidad misma, la que crea el cabrón. Todos llevamos nuestra parte de déspota dentro. Solo que no puede actuar mucho porque suele estar controlada, en parte por la educación, y en parte por las normas del grupo en que nos movamos. Y es en esto de las normas donde está el problema de verdad, no en la psicología.

Sencillamente, aceptamos las cosas del revés, y por ahí nos la metieron. No puedes basar ningún proyecto político en la confianza, salvo que sea uno fascista. Los héroes vascos que la plantaron cara a ETA son dignos de todo crédito, y no hay que andarse con pequeñeces de “cuestiones organizativas” con ellos. Como si los demás fuéramos chinos, o nos caracterizáramos por hacerles reverencias a los vascopitecos, tú. Pero no. La mitología del héroe valiente cuya sola presencia nos va a sacar las castañas del fuego es puramente fascista. Y tan peligrosa como la nacionalista. Porque lo primero que hacen siempre es levantar las barreras para que la heroína, o la nación, puedan actuar con toda la libertad y eficacia. Las barreras que impedían el despotismo. Las barreras que hacen que ni tú ni yo seamos unos cabrones, porque no nos dejan. Pero desactivados los controles, nos tropezamos con el problema que nos ocupa, cuyos útlimos y  alucinados textos no te mandaré. Porque ahora sabemos que el problema son los límites, y no la neuras imperial.

neuras_imperial

– ¿Y de donde sacas el título?- preguntarás, sagaz.

De una frase de Pantaleón y las Visitadoras. Aquella cuando el capitán le dice a Pantaleón:

Pantoja, aun no he podido decidir si es usted un pelotudo angelical o un hijo de la gran chingada.

Y es que da igual. Posiblemente sea las dos cosas, pero no importa. Cuando nos ponemos a llamarle cosas a la gente, solo mostramos que no entendemos nada. A él le gusta llamarnos resentidos, mentirosos, y caraduras a los que le criticamos. ¿Y qué explica eso? Solo explica que no tiene mejor defensa. Y si nosotros nos limitáramos a llamarles déspotas [–>], sin más explicación, o mejor propuesta, estaríamos cayendo en lo mismo. Afortunadamente no es el caso. O no debería.

Seguirá. Siempre sigue.