Treinta años de régimen nacionata no pasan en balde. Y menos si son treinta años tratando de acomodar el cuerpo en un régimen terrorista. El caso es que la gente traga con la bola del vascuence, el catalán, el chinchinlingüi, o la lengua que quieras, como “patrimonio” cultural. Y mira que es fácil: una cosa a la que te obligan no puede ser un “patrimonio”. Puede ser una carga, un castigo, incluso una maldición; pero nunca un patrimonio. Que te guste o que le tengas cariño es otra cosa. Muchos esclavos tienen cariño por sus amos. Muchas mujeres fostiadas aman a sus maridos agresores. La gente tiende a aficionarse a lo que no puede evitar. Es un recurso vital, un truco psicológico. Pero nunca una agresión o una esclavitud pueden ser un “patrimonio”.

Y luego está lo de la parte cultura. Ninguna lengua es cultura. O, si se quiere, es el escalon más bajo de la cultura; aquello necesario para que la cultura comience. La cultura se apoya en la herramienta lengua. La diferencia es que distintas lenguas te dan acceso a distintas culturas. A distintas producciones culturales. Así que si una lengua no es un patrimonio, sí es algo que te puede dar acceso a una producción cultural, y a eso sí se le puede llamar patrimonio cultural. Pero hay dos problemillas aquí. El primero es que el vascuene no te da acceso a ninguna producción cultural digna de mención. Así que, ni es patrimonio, ni te da acceso a patrimonio alguno. Y el segundo es que los patrimonios culturales son un poco peculiares, porque no tienen propietario. Las nueve historias de Heródoto no son más propiedad de un griego moderno, ni de un turco de la actual Bodrum (antigua Halicarnaso), que de cualquier otro humano. Solo que el que domine el griego clásico, y el dialecto jonio, la disfrutará mucho más.

Finalmente queda lo que nunca se quiere mencionar, pero que es “la” cuestión. La política. Y no es muy difícil apreciar la virtud política del vascuence. Basta preguntarse si sirve para unir, o para dividir. Para jugar en primera división, o para para encerrarnos en tercera regional. Porque el esquema se las trae. Somos una nación porque somos una “identidad”. Y somos una identidad porque tenemos una lengua distinta (auque de momento no la hablemos). Pues bien, señores nacionalistas, si lo ponen así, la solución es bien fácil. Nada como prescindir de esa lengua, o maldición, para no tener que pensar en la aberración de separarnos de nuestro país, nuestra gente, nuestra cultura. Nuestro ancestral e histórico sitio en el mundo. Nuestro verdadero patrimonio cultural.

Eso es lo que hay con las lenguas. Eso, y las peculiaridades técnicas que interesarán a los especialistas. Lo demás es identititis.