Carta de Rosa María Alcaraz en respuesta a Antonio Gala.

Mi hermano José nació en 1968. Estudió en Zaragoza, ciudad que alimenta en su recuerdo los buenos años de sus tiempos de estudiante, pero también el trágico atentado en el que Henry Parot, con 250 kilos de explosivo, asesinó, entre otros, a mis dos hijas, Miriam y Esther, de 3 años, y a nuestro hermano Ángel de 17. Cuento todo esto porque Antonio Gala, desde su poltrona-tronera en EL MUNDO, asegura que mi hermano José, (Alcaraz, así lo denomina en su columna), desde que preside la AVT, resulta ser un señor “de extraño rostro y aún más extraño comportamiento” y que es doblemente víctima, no explica muy bien por qué.

El señor Gala ha decidido azotar, por sus bastones, la memoria de nuestra familia, la memoria de tres niños vilmente asesinados cuando dormían, y por ende la de la mayoría de las víctimas, que se encuentran representadas en la AVT. Este señor cuestiona que nos quede algo de corazón y le quiero contestar, que sí que lo tenemos, que nuestro corazón, herido de muerte desde que asesinaron a nuestra familia sólo busca justicia. Esa es “la única forma de hacer fértil la sangre” de mis hijas y hermano. La paz a la que hace alusión, ellos por desgracia la tienen desde hace 19 años. La Paz del cementerio en donde se encuentran enterrados, sin poder hablar, ésa es la paz que me parece que hace alusión Gala. Ya que le recuerdo que ninguna víctima se ha tomado la justicia por su mano.

Hace ya mucho tiempo que soporto los ataques que han dirigido a mi hermano desde diferentes lugares. Son muchos los que tratan de enterrar con el estiércol del insulto la labor sacrificada de mi hermano y de tantos otros, que entregan una parte importantísima de su vida a una causa noble y desinteresada. La de defender la memoria, la dignidad y la justicia de las víctimas del terrorismo. Pero nunca, ni siquiera en los diarios que han defendido la labor demoníaca de los terroristas, había leído algo tan abyecto y ruin.