Entre los comentarios de ayer …

Francisco

Un caso conocido del absurdo del sistema son ciertos langostinos o cigalas escocesas. Estos animales son pescados en Escocia y enviados a Tailandia para que los tailandeses los pelen a mano. Una vez pelados, los mandan de regreso a Escocia, donde se procesan, se empanan y se empaquetan para venderlos como pescado rebozado congelado. En total dicen que hacen un viaje de ida y vuelta de más de 25.000 km.  En uno de los artículos que leí sobre esto, la compañía (Findus) y su filial en escocia (Young) se defienden de las críticas explicando con tono serio que ellos no hacen esto para reducir costos, sino más bien para mejorar la calidad del producto, porque el pelado a mano en Tailandia es superior al pelado mecánico en Escocia. Y explican también que el nivel de “emisiones” no es necesariamente más alto tras el viaje de ida y vuelta a Tailandia.

Cualquier persona normal se hará preguntas acerca del combustible que se necesita para mandar estos animales de Escocia a Tailandia y traerlos de vuelta a Escocia antes de procesarlos. Pero esto tampoco es el meollo de lo que critican la mayoría de los críticos. No, a estos lo que les preocupa es la cantidad de dióxido de carbono emitido (no el combustible gastado), porque el CO2 ya se sabe que tiene poderes ocultos.

Canadá tiene más agua dulce que ningún otro país, pero si vas a cualquier tienda, verás que la mayor parte del agua embotellada viene de Francia o de Italia, porque mola más beber agua europea.

Las voces críticas sobre este absurdo también se concentran en el CO2 emitido, no en los hidrocarburos despilfarrados.

Esto es algo así como si una persona aquejada de locura se dedicase a verter, por ejemplo, varios litros de leche diarios por el retrete, y su familia lo criticara duramente, no por el despilfarro de leche, sino por las perturbaciones que esto representa en la dieta de la fauna de las cloacas.

Es particularmente absurdo cuando uno piensa que las modestas emisiones de CO2 probablemente tengan un efecto más benéfico que perjudicial en el balance final, en la medida en que contribuyen, sin ninguna duda, a un aumento de la vegetación en el planeta.

Para paliar los daños imaginarios del CO2, ciertas organizaciones internacionales asignan cantidades virtuales de este gas a cada país y los animan a comprarlo y venderlo alegremente entre sí para cumplir ciertos tratados morales, con lo cual los supuestos pecados quedan supuestamente absueltos y se supone que de esta forma se reducirán los huracanes, las sequías y las inundaciones atribuidas por dogma de fe al CO2.

Está claro que no estamos bien de la cabeza.

Ejemplo de lo que cuenta Francisco (clic):