23 noviembre 2012


La discusión / problema del cambio climático tiene unos efectos colaterales interesantes. Especialmente respecto a la ciencia misma, o cómo se está haciendo. Da la impresión de que la colosal estructura / burocracia a través de la que se hace la ciencia ahora, la ha cambiado mucho, y no precisamente para bien.

Antes se suponía que la motivación básica del científico era la curiosidad. ¿Cómo funciona el mundo, o este aspecto del mundo? Pensemos en Galileo o Newton. O Einstein mismo, y la gente de su época. Sin entrar en la motivación de los científicos de ahora, basta pensar que están haciendo una carrera académica, o empresarial, y fijarse en los elementos que les hacen avanzar en esas carreras. No da la impresión de que la curiosidad pura sea el principal.

Hoy, sin tiempo, solo voy a traer un par de ejemplos con enlaces. Ejemplos de lo contrario. Científicos “amateur” movidos por la curiosidad. Ambos parten del mismo impulso. Enterarse qué pasa con la historia del cambio climático. Y ambos estudian lo que dice la ciencia oficial, y concluyen que es un tren que se ha salido de los raíles, situándose fuera del método científico. Por tanto, de no confianza. Pero, ¿si no se pueden fiar de lo que dice la ciencia del ramo, qué se puede hacer? Y a los dos les pasa lo mismo. Están suficientemente preparados para hacer la ciencia por sí mismos, si empiezan de cero, y están suficientemente motivados (curiosidad) para hacerlo. Uno es científico de partículas de alta energía, el otro ingeniero electrónico especializado en el proceso de datos y herramientas de software.

Y los dos han ido estudiando, paso a paso, la tesis del IPCC, y contándolo en respectivos blogs. Con gente que se ha sumado y participado. En uno de los casos, durante siete años. Acabó en mayo de 2012, y a partir de ahí parece que ya se quedó tranquilo, con una conclusión convincente.

Tal vez el fin de semana haga un resumen, pero de momento dejo el camino apuntado. Con sus propios resúmenes, a través de los que se puede llegar a todos los pasos. Elípticus no debería de perdérselo:

Kevan Hashemi:

Clive Best:

Solo avanzar de momento un detalle. Ninguno de los dos tenía una idea preconcebida del resultado, y se nota. Están dispuestos a aceptar cualquiera de los extremos, y los estudian. Desde la duda previa de que exista el efecto invernadero, hasta la posibilidad de que pueda producir el achicharramiento del mundo en diez minutos. Y los dos llegan, por métodos diferentes y haciéndose sus propios modelos climáticos, a las mismas conclusiones de Lindzen, o Spencer, o la mayoría de los climatólogos escépticos del IPCC. Sí hay efecto invernadero, y las emisiones de CO2 sí deberían de haber producido un poco de calentamiento. Pero no es suficiente para que se note sobre el ruido de fondo (ni lo será en el futuro), ni es un problema.

Para los que les guste la ciencia, y la filosofía de la ciencia, los dos blogs son un auténtico lujo.

Entre los comentarios de ayer …

Francisco

Un caso conocido del absurdo del sistema son ciertos langostinos o cigalas escocesas. Estos animales son pescados en Escocia y enviados a Tailandia para que los tailandeses los pelen a mano. Una vez pelados, los mandan de regreso a Escocia, donde se procesan, se empanan y se empaquetan para venderlos como pescado rebozado congelado. En total dicen que hacen un viaje de ida y vuelta de más de 25.000 km.  En uno de los artículos que leí sobre esto, la compañía (Findus) y su filial en escocia (Young) se defienden de las críticas explicando con tono serio que ellos no hacen esto para reducir costos, sino más bien para mejorar la calidad del producto, porque el pelado a mano en Tailandia es superior al pelado mecánico en Escocia. Y explican también que el nivel de “emisiones” no es necesariamente más alto tras el viaje de ida y vuelta a Tailandia.

Cualquier persona normal se hará preguntas acerca del combustible que se necesita para mandar estos animales de Escocia a Tailandia y traerlos de vuelta a Escocia antes de procesarlos. Pero esto tampoco es el meollo de lo que critican la mayoría de los críticos. No, a estos lo que les preocupa es la cantidad de dióxido de carbono emitido (no el combustible gastado), porque el CO2 ya se sabe que tiene poderes ocultos.

Canadá tiene más agua dulce que ningún otro país, pero si vas a cualquier tienda, verás que la mayor parte del agua embotellada viene de Francia o de Italia, porque mola más beber agua europea.

Las voces críticas sobre este absurdo también se concentran en el CO2 emitido, no en los hidrocarburos despilfarrados.

Esto es algo así como si una persona aquejada de locura se dedicase a verter, por ejemplo, varios litros de leche diarios por el retrete, y su familia lo criticara duramente, no por el despilfarro de leche, sino por las perturbaciones que esto representa en la dieta de la fauna de las cloacas.

Es particularmente absurdo cuando uno piensa que las modestas emisiones de CO2 probablemente tengan un efecto más benéfico que perjudicial en el balance final, en la medida en que contribuyen, sin ninguna duda, a un aumento de la vegetación en el planeta.

Para paliar los daños imaginarios del CO2, ciertas organizaciones internacionales asignan cantidades virtuales de este gas a cada país y los animan a comprarlo y venderlo alegremente entre sí para cumplir ciertos tratados morales, con lo cual los supuestos pecados quedan supuestamente absueltos y se supone que de esta forma se reducirán los huracanes, las sequías y las inundaciones atribuidas por dogma de fe al CO2.

Está claro que no estamos bien de la cabeza.

Ejemplo de lo que cuenta Francisco (clic):

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