Me encanta Matt Ridley (@mattwridley), el optimista racional [-->]. No tanto por estar de acuerdo con él -más o menos, suelo- como por provocador. Y provocar siempre suele querer decir hacer pensar, salvo para los escasos y los muy ideologizados.

Pone en su blog el último artículo que acaba de escribir para el Wall Street Journal:

Lo voy a plantear al revés, pero inevitablemente copiando lo que dice. En sociedades ricas, donde lo necesario se da más o menos por supuesto, o falta mucho menos, se podría esperar que haya mucho menor impulso de envidia, o de odio a la desigualdad. Después de todo, la desigualdad en una sociedad no avanzada puede suponer muy bien la diferencia entre sobrevivir y morir. O, a efectos de selección natural, la diferencia entre propagarse o no. Y entonces parece fácil entender el odio por la diferencia, desde la escasez. ¡Caramba, el éxito del abusón te está quitando posibilidades de reproducción! Si el pringado no asegura el bienestar futuro de la descendencia, y el ricacho sí, uno de los dos se queda sin follar. O por lo menos sin pareja. Y tal vez el otro con dos. Odio total.

Pero en una sociedad de abundancia esto no ocurre, u ocurre relativamente mucho menos. Incluso la gente relativamente pobre tiene acceso a vivienda, ropa, transporte, entretenimiento, por no hablar de comida más que suficiente. Se podría esperar que esa envidia u odio por la desigualdad fuera menor. Casi todo el mundo está por encima de la barrera en la que puede asegurar la supervivencia de la descendencia. Pero no es así; la envidia no disminuye. A menudo da la impresión de que ocurre lo contrario. Y no es fácil de entender el inenarrable odio que despierta un Querido Emilio. Personaje por lo demás perfectamente vulgar y olvidable; esto es, no odiable.

Matt nos recuerda una frase atribuida a Onassis:

If women did not exist, all the money in the world would have no meaning

No sé si la frase es universalizable. Lo dudo. Apostaría a que los hay muy “jubilados” de la cosa de las señoras, para los que el dinero sigue teniendo mucho sentido.Y acaso más que nunca.  Tengo la impresión de conocer a algunos. ¿O es que disimulan? Pero aun así, la idea tiene indudablemente su miga. Porque el caso es que si Querido Emilio entra en la discoteca, todas las niñas en flor se van a derretir a sonrisas. Al igual que sus hermosas madres. Y para el perroflauta, ni flowers. Ni para mi tampoco, no se me vaya a mosquear el perroflauta. ;)

Así que Ridley encara el asunto desde la perspectiva de la selección sexual [-->] (por contra de la selección natural simple). Donde la cola del pavo real no ayuda nada a la supervivencia, e incluso estorba. Pero asegura el ligue. Por por ser suficiente, sino si es la más grande y espectacular. No hay una barrera de tranquilidad, o suficiencia. Es una guerra por la desigualdad relativa, más que absoluta. Hace falta una cola “más que” la del competidor.

A ver, un oficinista de medio pelo ya le ofrece a la gachí que se quiere ligar suficientes garantías respecto de la prole. Los hijos que tengan no van a partir de la misma posición de salida en la vida que los del magnate, evidentemente. Pero respecto del muerto de hambre medieval, está en una situación muchísimo mejor. Y sin embargo su odio por la desigualdad no es un ápice menor, y probablemente lo contrario. Tal vez tiene sentido. En este mundo mucho más móvil y abierto nuestro, parece más fácil tener la sensación de que Botín, o su hijo, pueda un día pescar en el mismo caladero que el oficinista. Por tanto, odio profundo.

Pero ojo, en todo caso hablamos del odio a la desigualdad visible, o exhibida. Puede haber casos de desigualdad no funcional – sino meramente sexual. Como el caso del pavo fantoche. Por ejemplo, una exhibición de lujo de alguien endeudado hasta las cachas, y a punto de ir a la cárcel.

Aquí Ridley se mete en honduras técnicas. Como un experimento en el que a los hombres a los que les enseñaban fotos de mujeres maravillosas, sentían de inmediato deseos extravagantes de lujos muy caros. Mientras que las mujeres no tenían la misma sensación después de ser sometidas a fotos de hombres apetitosos. Como la cola del pavo real, de la que las pavas pueden prescindir olímpicamente. Selección sexual. También menciona otros trabajos que señalan la posible importancia de la selección sexual en los humanos.

No se si me convence del todo para explicar el sorprendente odio de nuestros queridos igualitaristas. En parte sí; en parte le veo pegas. No solemos odiar a los guapos, o a los picha-prodigio, que también tienen sus ventajas en esta materia. ¿Igual es que cuenta mucho menos? Y por otra parte habría que estudiar si ese tipo de odio es menor en las mujeres. No sabría decir. Pero es verdad que resulta jodido explicar el igualitarismo, o un igualitarismo tan de odio africano, en gente que tiene las necesidades básicamente cubiertas. Como decía, Matt siempre te hace darle un par de vueltas a la pelota. ¿Que no?

En todo caso, si has aguantado hasta a aquí, muchas gracias. Pero es mucho mejor el original:

Como nota final, un mensaje para mis amigos los liberales “alegres”. Creen que su teoría es muy natural, y muy axiomática, pero yo siempre acabo con la sensación de que no tiene tanto en cuenta la naturaleza humana. Sin razones objetivas aparentes para el odio que despiertan los Querido Emilio, el odio ahí está. Y por doquier.

Dime, progre, ¿por qué odiamos tanto a “Querido Emilio”?