A veces una anécdota nos enseña más sobre un sistema que todas las disquisiciones jurídicas y filosóficas. Dentro de la locura de los derechos de autor y de propiedad intelectual, tal vez uno de los detalles más absurdos sea que la propiedad no recae en quien inventa, sino en quien patenta. O sea, uno puede estar al loro de lo que inventan los demás, y registrarlo antes que ellos, para apropiárselo. Y el absurdo llega más lejos si no existe una defensa de los “bienes intelectuales” comunales.

Hace unos días, el arqueólogo neozelandés Brent Alloway anunció una conferencia sobre una especie humana, Homo floresiensis. Wikipedia lo describe así:

El hombre de Flores (Homo floresiensis), apodado «hobbit», es una especie extinta del género Homo que habitó hasta hace pocos miles de años en la isla indonesia de Flores. Descrita en 2004, es extraordinaria por el pequeño tamaño de su cuerpo y su cerebro, y por su reciente desaparición, pues ha sido contemporánea de los humanos modernos (Homo sapiens). [–>]

La conferencia era gratuita, y llevaba por título: El otro Hobbit. Nada original; en paleontología hobbit es sinónimo de Hombre de Flores, desde que este se descubrió. Pero resulta que Alloway recibió notificación de un bufete de abogados, en la que le explicaban que la compañía cinematográfica Saul Zaentz Company/Middle-earth Enterprises tiene los derechos sobre esa marca registrada. Tal cual. Y el científico, por no meterse en líos, cambió de título.

A Tolkien ni se le pasó por la cabeza registar Hobbit. Aun más, se mostraba muy cauteloso con la idea de haberla inventado él. Y posteriormente se ha descubierto que aparece en algunas listas de seres mitológicos de cuentos de hadas del folclore inglés. Pero llegan unos listos del cine y registran la palabra como marca, mucho después de que Hobbit fuera el apodo usual para Homo floriensis. Una puta locura. Y una guarrada.

La cultura humana y la ciencia son básicamente procesos de copia y mejora. La misma idea de la universidad está basada precisamente en eso. Y las leyes de propiedad intelectual o de derechos de autor, que pueden tener sentido en algunas circunstancias, se han salido tanto de madre que perfectamente pueden estar frenando este proceso de avance cultural y científico.

Liberemos al Hobbit. Es nuestro. De todos. Sea por regalo de Tolkien, o sea porque ya era parte de la cultura antes de Tolkien. Y que les den por culo a los jetas del cine.

Fuente, Mundo Neandertal: