Este comentario de Luis en el hilo del vídeo nazi de Pujol [–>] no tiene desperdicio, y merece mejor lugar. El título es mío (pm).

Luis Bouza-Brey

Yo soy un gallego que vivo en Cataluña desde hace cuarenta y dos años. Me vine aquí en el año setenta, a trabajar en la Universidad, sin necesidad económica de hacerlo, pues en Galicia podía trabajar con mi padre en su bufete. Pero en aquellos tiempos Cataluña iba en vanguardia en la lucha por la libertad y contra la dictadura, era una sociedad viva y experimental, muy contrastante con la Galicia envejecida y desvitalizada por la emigración, cuya Biblioteca universitaria era un compendio de textos arqueológicos o franquistas, sus profesores burócratas del franquismo, y la mayoría de sus estudiantes dignos especímenes de la Casa de la Troya. Por eso no me quedaba más opción que emigrar hacia la vitalidad y la libertad, asumiendo los riesgos implícitos en este desarraigo y dispuesto a trabajar duro si quería limpiar de nubes el cerebro, entender mi país e intentar ser útil al mismo en el futuro.

La experiencia fue penosa pero positiva: dispuse de libros y ambiente creativo, y un pequeño sueldo de PNN para poder sobrevivir estudiando durante dieciseis años.

En la Cataluña de aquella época encontré un ambiente cultural vivo y recursos universitarios, además de una forma general de percibir la vida más activa y moderna. Había ciertos inconvenientes, como el dominio aplastante de los comunistas en el ambiente cultural y la naciente patología etnonacionalista, de construir un sujeto apabullante, la Nasió, que comenzaba a anular la libertad. Pero por entonces la izquierda, todavía con ropajes internacionalistas, dominaba el ambiente, por lo que el etnonacionalismo era solamente una corriente folk sin mucha fuerza.

En fin, en aquella época, si te andabas con ojo y no te enfrentabas a los comunistas, si ademàs entendías la lucha por defender la cultura catalana contra la discrminación, y si además trabajabas con interés e intensidad por hacer las cosas bien, podías ir haciéndote un sitio para respirar y poder trabajar sin grandes aspiraciones de ascenso hacia la cúspide, pues ahí, en ese nivel, te encontrabas con el handicap de venir de fuera y ser ajeno a las redes clientelares y familiares típicas de la Universidad y la sociedad autóctona.

En síntesis: el trabajo en Cataluña era más productivo, el ambiente más vivo y libre que en el resto de España, y la esperanza de cambiar la situación, mayor.

Pero desde entonces las cosas cambiaron: la izquierda acomplejada por el antifranquismo y el antimito del lerrouxismo dejó el flanco internacionalista y patriótico y a sus electores naturales abandonados, el pujolismo actuó con una gran habilidad táctica y estratégica para ir ocupando los centros de poder social y las instituciones, y nadie luchó contra esa hegemonía, pues en aquel momento el nacionalismo periférico aparentaba junto con la izquierda representar el progreso y la libertad frente a la dictadura.

Por todo ello, hubo un conjunto de factores que comenzaron a cambiar la situación: la victoria del pujolismo, la subordinación del PSUC al antilerrouxismo, el secuestro del PSC-PSOE por los señoritos de Sarriá y demás troyanos del resto de Cataluña, y la abstención de un sector muy significativo de la población inmigrada en las elecciones autonómicas. Si a ello le añadimos la transferencia de la educación a la Generalitat, la creación de la TV3 nacionalsta y el papel de bisagra de CIU en las Cortes, además de la política de hacer aceptable la autonomía a los nacionalismos perifèricocediendo a sus exigencias… Con todo ello, una espesa niebla reaccionaria y esterilizante se fue extendiendo sobre Cataluña, hasta hoy, en que la mayoría no cree en nada y la minoría más fanática y fundamentalista se moviliza en búsqueda del praiso nacionalista barato que Mas vocea revistiendo el mito de la indepenencia con mentiras y falsas ilusiones que nos conducen a los catalanes a la ruina y al resto de España a la amputación de una de sus regiones más importantes.

Mi impresión es que estamos en la fase final de un ciclo degenerativo ante el que, si no reaccionamos, moriremos, y si el país reacciona, va a costar mucho esfuerzo volver a soldar la fractura emergente y recuperar el equilibrio.

Como actor discreto pero muy consciente de la vida política del país desde antes de la transición, y con la experiencia de haber vivido ésta desde Cataluña, tengo la impresión de haber experimentado un fracaso colectivo, el de las esperanzas de construir un país normal y decente y convivir con la frustración de dejar a nuestros hijos una situación que empeora aceleradamente.

Como individuo, no obstante, he realizado mis objetivos, aprendiendo, sobreviviendo y amando a mi país y a mi familia. Aunque habrá que ver como salimos de este fracaso colectivo.

En fin, creo que sólo en parte se merece el pueblo catalán el fracaso sobrevenido: la mayor parte de culpa corresponde a sus élites políticas y sociales, corrompidas e ineptas, inadecuadas para as necesidades del país en los tiempos que nos ha tocado vivir: nos hacen falta élites más inteligentes y sanas… A ver de dónde las sacamos.