Uno de los argumentos favoritos de los que apoyan la alarma del clima es señalar que  todas grandes sociedades científicas (academias nacionales, etc) apoyan al IPCC y sus conclusiones.

No es que parezca un argumento muy impresionante, dado que la burocracia y la ciencia parten de espíritus casi opuestos. “Nullius in verba” era el lema de la Royal Society antes del cuento del clima. (No creas) en la palabra de nadie. Oficialmente sigue siéndolo – aun lo pone en su escudo. Pero mientras que sus normas fundacionales dictan que la Royal Society nunca se pronunciará como tal en ninguna cuestión científica (eso sería creer en la palabra de la sociedad, en vez de examinar los hechos) desde lo del calentamiento global no para de pronunciarse sobre el caso.

Pero el argumento sí impresiona, y mucho, a todos los aficionados al colectivismo. Los que quieren mucho estado, y poca persona y poca libertad (para los demás). Así que tal vez merezca la pena poner un ejemplo sobre cómo funciona la burocracia científica, y lo poco que tiene que ver con la ciencia. El relato público de Roger Cohen -un respetado miembro de la American Physical Society- sobre el proceso que lleva a la postura “oficial” de esa academia en la cuestión del cambio climático. Proceso que -por cierto- ya había llevado a la dimisión de la APS de miembros tan notables como Hal Lewis [-->] o el Nobel Ivar Giaever [-->].

La carta abierta que envío se refiere a un episodio en el debate en curso sobre la mayor cuestión científica de nuestra época – el calentamiento global antropogénico. Pero el debate es realmente sobre la conducta de la ciencia misma, y el proceso científico que ha sido levantado por importantes pensadores y practicantes durante siglos.

El proceso científico se basa en la recolección de evidencia observacional y en el desarrollo, verificación, y falsación de teorías predictivas. También se basa en la investigación libre, en el intercambio de información entre científicos, y en la libertad para debatir la evidencia científica. Sin estas libertades la ciencia se puede corromper tanto como la peor de las instituciones humanas. Se puede hacer burocrática, dedicarse a la supresión de las voces disidentes, intentar hablar con la autoridad de una sola voz, y tal vez lo peor de todo, convertirse en la herramienta voluntaria de intereses políticos a cambio de la promesa de apoyo – como cualquier otro grupo de interés. El secuestro y corrupción de la biología en la antigua URSS por parte de Trofim Lysenko, y la experiencia de la eugenesia en el siglo XX, son avisos de cómo la ciencia puede  convertirse en “sinvergüenza”.

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