No leo la prensa de papel, y mucho menos los papeluchos locales, así que me había perdido esta joya de entrevista en El Correo al alcalde de Vitoria. La destaca y exprime Santiago González:

Yo diría acojonante. Acojonante de acojonar. Maroto es un ingeniero de puentes, entendidos como estructuras útiles para transitar hacia la bestia. Y se cabrea mucho porque sus puentes no se entiendan “en Madrid”. Así que, modestamente, me gustaría comunicarle al pontífice que yo no soy “en Madrid”, y que en mi opinión se puede meter sus puentes por donde le quepan.

La criatura considera que criticar los puentes es ser “antivasco”, nada menos. Es no comprender y no amar al País Vasco. Con lo que está haciendo una curiosa operación (muy de la berza). Una parte muy significativa de la sociedad vascongada aplaude y vota al asesinato como herramienta política. Y otra parte es muy comprensiva con ese entusiasmo. Luego amar “lo vasco” es tender puentes con esa aberración moral.

Podemos discutir mucho si “lo vasco” tiene como elemento esencial esa estrecha relación con el asesinato y el terror políticos. Y nunca nos pondremos de acuerdo. Pero si aceptamos su tesis de que la bestialidad forma parte de la identidad vasca, entonces la única respuesta es ser tan anti vasco como se pueda, y con todo el empeño del mundo. Que es exactamente lo que hicieron Einstein y un pequeño puñado de gente respecto a la Alemania y la Austria nazis. Un puñado demasiado pequeño, pero que sirvió para que no se pudiera establecer la relación automática de alemán = bestia peligrosa.

Ahora sabemos que Maroto no va a servir para lo mismo en el caso de Vasquilandia. Y empezamos a sospechar que el PP en general está en su línea. Empiezan a dar (también ellos) miedo. Y no se entiende la estrategia. Una vez demostrado que tampoco ellos son gestores eficaces, solo les salvaba la sensación de que eran menos peligrosos. Y parece que ya ni eso.