Marod

Son las 17:00 hora local de Mejillones, un pequeño asentamiento marinero de la Segunda Región de la República de Chile reconvertido hoy a industrial y turístico según reza su leyenda municipal. Hace un instante el vocero del gobierno de Chile ha anunciado (por eso se llama vocero) la cancelación de la alerta de tsunami provocada por el reciente terremoto en Costa Rica.

Lo cierto es que no puedo evitar una sombra de irónico cinismo reflejada en mi rostro cuando pienso en lo extraños que somos los humanos. Todo lo que hemos avanzado en el conocimiento y dominio de la tecnología y el medio, y seguimos indefensos ante los eventos de gran escala.

No deja de tener su gracia que –cómo bárbaros galos de famosos tebeos – nuestro temor a que el cielo caiga sobre nuestras cabezas, nos derive irremediablemente en un sentimiento de responsabilidad de lo que le pasa al planeta o a sus diversos moradores. Hemos asistido estos días a las enconadas discusiones de unos y otros sobre las diversas amenazas masivas que se ciernen sobre nuestras cabezas. Sin entrar a valorar los intereses o los métodos de unos y otros (bastante se ha dicho ya) sí es cierto que parte del éxito de esta cuestión bebe de ese miedo ancestral que hoy, a mis exactamente 37 años, tengo más presente.

Somos unos animales, de la familia de los primates más en corto, en vez de aplicar esquemas de causas y efectos, aplicamos esquemas de pecado y culpa. Y claro, si aplicamos pecado-culpa, el tercer elemento es la penitencia (acto de contrición y propósito de enmienda). Y no es que no debamos hacer nada, no voy a tratar de eso en estas líneas. Tampoco sé que es lo que hay que hacer, sólo soy un simple primate asustado e indefenso por la magnitud de lo que me rodea.

Algunos opinan y predican lo que debemos hacer, lo que debe hacer la humanidad… cómo si la humanidad fuese su prima y viviera en Cuenca. Me maravilla la gente tan lista.

¿No intervenir? ¿La injerencia humana en el medio ambiente? Ni que el mundo estuviese recién fregado – ¡Niñoooo, no me pises lo fregao! – Somos parte del mundo, no podemos dejar de intervenir.

Pero siempre hay el eterno dedo acusador que nos señala que nuestra injerencia es perversa. No siempre. El gaviotín chico (Sterna lorata) es un ave marina en peligro de extinción, sólo quedan unas cuantas de éstas en el litoral de Perú y norte chileno. Parece ser que les hemos esquilmado sus anchoas y no tienen que comer, además no oculta sus huevos ni los cuida, y claro, son un festín para sus depredadores. Vamos, que el bicho en cuestión no posee una gran estrategia de superviviencia. Mejillones es una zona en plena explosión económica, hay mucha plata rodando por aquí por las minas: el cobre y el litio. Pues han montado una fundación de protección del gaviotín. Para protegerlo, en el fondo siempre hay buena gente dispuesta a salvar al resto de sus pecados. Pecado, culpa y penitencia… si está todo inventado, lleva más de dos mil años inventado.

¿Y qué pasa si extingue el gaviotín? Supongo que lo mismo que si extinguen los osos panda, no gran cosa. Yo, cómo sé más de leyes que de biología, no dejo de pensar en la colisión de derechos. Porque ya puestos a hacer acreedor de derechos a los gaviotines y gaviotinas, ¿Por qué no hacerlo también a la futura especie que ocuparía su nicho biológico? Porque quizá gracias a nuestra protección, no estamos dejando extinguirse a la especie… quizá ese fuera el plan de Gaia, que los que no se adapten deben desaparecer. Es tremendo, que despiadada es la madre naturaleza, parece la madrastra del cuento de Blancanieves. Es una cuestión moral,

¿Somos o no somos graciosos?.

No pretendo hacer un alegato antiecologista, sólo son pensamientos, reflexiones, preguntas sin respuesta, porque no la tengo, ni la pretendo. La respuesta, mi amigo, está flotando en el viento.

En el fondo lo que nos gusta es discutir, de lo que sea, pero discutir… para tener razón.