A Gorriarán le gusta el Twitter más que a un niño romper juguetes. Le gusta imaginarse un influyente intelectual, y dado que nunca ha tenido algo que se aproxime a un pensamiento propio o novedoso, se ha especializado en la frase mordaz, y en la sentencia – pancarta. Y en el espacio minimalista, que parece permitir la ausencia total de razonamiento para las frasecitas banderilla, supuestamente inteligentes. En ese sentido Twitter es a internet como la televisión (¿o debería decir Tele 5?) es a la cultura. El paraíso del preadulto.

Por fin se siente a gusto en la red nuestro héroe. Ha encontrado su espacio tras muchos intentos sin éxito. Y es que era difícil. ¿Quién se podía imaginar que todo el truco estaba en la falta de espacio? Falta de espacio para el razonamiento, y falta de espacio para la crítica. Y sobre todo, desorden suficiente para no poder seguir un hilo, y que así no se note lo que no se contesta, ni las cagarrutas que se van dejando atrás, alegremente, como si no existieran. Es probable que ni siquiera Dorsey se diera cuenta de lo que estaba creando. Un kindergarten de internet.

Lo del blog fue un desastre. Ya empezó siendo triste que se notara tanto que solo tenía lectores gracias al vecindario. Como quien pone una tienda vulgar en una calle comercial de moda, esperando chupar rueda del tirón de los demás. Ninguna broma lo del tirón. Savater, Basta Ya, la heroica resistencia contra el terrorismo fascistoide etarra. Se le puede perdonar casi cualquier cosa en un vecindario así. Como un blog endiosado, donde el autor con complejo de Napoleón nunca se digna a responder entre los comentarios y entrar al debate, razonando. Si acaso, otro día, atiza un zurriagazo desde el pedestal, abusando de la altura y la barrera.

Eso sí, como le va la marcha de la gresca verdulera, el insulto sin responsabilidad (sin que te puedan pedir que lo justifiques), no tenía el menor complejo de saltarse las normas de cortesía más elementales del medio. En un blog, un solo “nick”, sin enredar con múltiples personalidades. Y así teníamos una pequeña multitud de desinhibidos alter ego del Gorri, repartiendo estopa por doquier. Aclaraciones necesarias, En la diana, Hemeroteca, y todos lo que ya no recuerdo. ¡Ah, las normas! Esas minucias para la plebe y los ignorantes, que nunca afectan a Bonaparte.

Pero ni con esas podía funcionar el invento durante mucho tiempo. Al final, si se va de intelectual y de racional, hay que responder a las preguntas. Y cuando los actos producen preguntas que no tienen respuesta, hay problemas. Por ejemplo algo tan simple como qué ha pasado con una denuncia que dices que no se ha perdido, pero no está. Resultó obvio que ese no era el espacio adecuado de Gorriarán – ni de Rosa Díez – y lo tuvieron que cerrar. Sí, lo reabrieron después. Pero unos blogs en los que hay que entrar con el carnet y el aplauso en la boca no son más que una estrategia publicitaria cutre. Vaya, gratuita. Y por si acaso, para que no se note, cerraron el acceso del público al histórico de los blogs de Basta Ya. Ya no hay historia. Ya no se puede ver la sarta de insultos irresponsables, básicamente la paja en el ojo ajeno, marca de la casa Gorriarán. De la casa UPyD, diría yo. Aunque son la misma cosa.

Hasta Twitter. Ahí sí. Ahí nuestro pequeño emperador está como pez en el agua, o criatura feliz en el patio del colegio. En su salsa. Da la impresión de interacción y de respuesta, siendo mentira. La censura no se nota. Ni la no respuesta. Total, ¿quién espera que en tres frases breves se pueda explicar nada en condiciones? Queda, eso sí, la bella frase lapidaria, que el autor imagina en letras doradas sobre mármol negro. ¿Adolescente mental? ¿Y cuándo pensará el Gorri que él ha alcanzado la fase adulta, exactamente? ¿Cuando cerró el blog, porque no podía responder de sus actos? ¿O será cuando abrió Twitter, porque no se necesita contestar a nada que no se quiera responder?

Como siempre, está invitado a participar. Lo que no estamos los demás en su sitio.