Los domingos por la tarde, siempre tristones, tienen su marcha especial con con Pérez Reverte. Y cuando no está genial, que es imposible serlo siempre, nunca falla Anasagasti, con su brillante inteligencia. Sospecho que debe de haber cientos de miles, casi todos los que siguen a Reverte, suspirando por dentro … ¡que salga, que salga Tontasagasti!

Hoy estamos de suerte:

Excuso decir que Reverte estaba haciendo la más hermosa loa del deporte femenino. Y aprovechando, sin ninguna justificación, para dar cera a una de sus obsesiones. Los obispos.

No se explica de otra forma, dice. Solo si Reverte está borracho. Y seguro que es cierto; Anasagasti no se lo puede explicar de otra forma. Al final resulta entrañable. Un poco especial, pero como de casa.

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