Nunca he creído en el Volkgeist. No trago que haya una continuidad de personalidad o forma de ser entre, por ejemplo, españoles, franceses o ingleses del siglo XVI, y sus correspondientes actuales. Sin embargo, es poco discutible que en una época determinada en cada país hay, sino una, al menos varias formas comunes de ser, que se pueden considerar como parte de una especie de “personalidad colectiva”.

Por ejemplo, en España hay una tipología tan extendida que se puede considerar característica. Consiste en el abuso de la frase campanuda, unida a una ausencia total del sentido del ridículo, por la que se sustituye la realidad por los deseos, contra toda evidencia o racionalidad. Zapatero era un abanderado de esta forma de ser, tan española hoy. Pero el clásico más auténtico probablemente sea Iñaki Anasagasti. Un primor.

Ayer pasé por delante de una televisión que estaba encendida. Ponían lo de los juegos olímpicos de Londres, y estaba a punto de empezar una prueba de natación. Me acordé de nuestra amiga V., siempre colgada de los temas acuáticos en su secarral. Y en honor suyo, me paré a verlo.

Un rollo, porque en vez de salir todas las nadadoras más o menos juntas, y empezar rápido con la cuenta atrás y la zambullida, hacían un “show” de presentación de cada participante. Una a una. Cuando ya habían pasado varias, y estaba a punto de irme  visto lo que iba a tardar, me sorprende una que va por la pasarela con una enorme bandera española a modo de chal o bufanda. Era la única que llevaba un aditamento “nacional”, que no pegaba ni con cola. Luego debió de ganar una medalla de plata, aunque no llegué a verlo.

Pero para Anasagasti, don frases surrealistas, la realidad tiene unos matices prodigiosos:

Esta imagen debe de ser de después de la prueba, pero vale lo mismo:

Por otra parte, parece que Euzkadi (como lo escribe Anasagasti – siguiendo al tarado de Arana) dedicó su medalla a entes prohibidos por el calvo vergonzante:

Espero que la gente haya disfrutado con nuestro deporte desde España y desde el País Vasco. Estoy muy contenta de que se hayan emocionado conmigo y de que me apoyaran tanto.

Nuestro desinhibido héroe también protesta porque no les dejan. -No nos dejan “presentarnos”- dice. ¿Pero quién es “nos” para Anasagasti? ¿Los que quieren seguir siendo españoles, pero Anasagasti se lo va a prohibir?

Seguro que Anasagasti es vasco, y no español. Esas cosas son muy discutibles, según Zapatero, y aquí cada uno es lo que se siente. Pero para los demás será lo que le sientan, digo yo. Por ejemplo, estoy seguro de que si mi abuela se lo hubiera tropezado por la calle, sin saber nada de él, al verle tan feo, calvo y tripón, hubiera dicho: por ahí viene la gloriosa infantería española. Era una frase muy suya. No tenía nada de nacionalista vasca. Al contrario, los nacionalistas le parecían unos payasos, y Arana el payaso mayor. Pero sí era una carlistona muy de la época, que se consideraba muy española, pero siendo al mismo tiempo una  (absurda) racista de cuidado. Más o menos como el padre de Arzalluz, calculo, en el tercio Oriamendi.

Odiar España abrazando una payasada es una de las formas más características de ser español, hoy. Y el maestro, Anasagasti. Pues nada, maestro, 3 -0, creo. O como usted prefiera. Yo en cambio me siento japonés. ¿Qué tal?

Sayonara [-->].